Lecturas del domingo
El Rostro del Amor: Un Dios que es Familia
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Hoy celebramos uno de los misterios más profundos y a la vez más hermosos de nuestra fe: la Santísima Trinidad. Un solo Dios en tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y sé lo que muchos de ustedes están pensando en este momento: "Padre, este es el misterio más difícil de entender. ¿Cómo puede ser Dios uno y tres al mismo tiempo?"
Permítanme comenzar con una confesión: ni los teólogos más brillantes de la historia, ni los Padres de la Iglesia, ni los santos más grandes, han logrado explicar completamente este misterio. San Agustín, uno de los más grandes pensadores de nuestra Iglesia, pasó años escribiendo un tratado sobre la Trinidad. Cuenta una antigua tradición que un día, mientras caminaba por la playa meditando sobre este misterio, vio a un niño que con una pequeña concha intentaba vaciar el mar en un hoyito que había cavado en la arena. Agustín le preguntó: "¿Qué haces?" El niño respondió: "Quiero meter todo el mar en este hoyo." Agustín sonrió y le dijo que eso era imposible. Y el niño le contestó: "Más imposible es lo que tú intentas: comprender el misterio de la Trinidad con tu pequeña mente humana."
Hermanos míos, hoy no vengo a explicarles la Trinidad como si fuera un problema de matemáticas. Vengo a invitarlos a contemplarla, porque la Trinidad no es una fórmula para resolver, sino un Amor para vivir.
Miren la primera lectura del libro del Éxodo. Moisés sube al monte Sinaí con dos tablas de piedra. Y allí, en ese encuentro sagrado, Dios mismo se revela. Pero, ¿cómo se presenta? No dice: "Yo soy el Todopoderoso que castiga." No dice: "Yo soy el Juez severo." Escuchen estas palabras tan tiernas: "El Señor, el Señor, Dios misericordioso y clemente, lento a la ira y rico en amor y fidelidad."
Esta es la primera y más antigua revelación que Dios hace de sí mismo a su pueblo. Antes de cualquier otra cosa, antes de cualquier ley o mandamiento, Dios quiere que sepamos quién es Él: Es Amor. Es misericordia. Es ternura. Y Moisés, al escuchar esto, se postra en tierra y suplica: "Que el Señor venga con nosotros." Porque cuando descubrimos quién es realmente Dios, lo único que queremos es que camine a nuestro lado.
Queridos amigos, esa revelación parcial en el Sinaí encuentra su plenitud en el Evangelio que acabamos de escuchar. San Juan nos regala una de las frases más hermosas de toda la Escritura, una frase que Martín Lutero llamó "el Evangelio en miniatura": "Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna."
Detengámonos un momento. "Tanto amó Dios al mundo." No dice "tanto amó Dios a los justos." No dice "tanto amó Dios a los que se portan bien." Dice "al mundo." A este mundo herido, a este mundo pecador, a este mundo que muchas veces le da la espalda. A ese mundo Dios lo amó tanto que entregó lo más precioso que tenía: a su propio Hijo.
Aquí, hermanos, comenzamos a vislumbrar el misterio de la Trinidad. Porque si Dios es Padre, eso significa que desde toda la eternidad ha tenido un Hijo a quien amar. Y ese Amor entre el Padre y el Hijo es tan real, tan vivo, tan personal, que es el Espíritu Santo mismo. Santo Tomás de Aquino enseñó que el Espíritu Santo es el Amor mutuo entre el Padre y el Hijo, un Amor tan pleno que es Persona.
¿Comprenden lo que esto significa? Dios no es un solitario en el cielo. Dios no es un anciano severo sentado en un trono mirándonos desde lejos. Dios, en su misma esencia, es una comunidad de Amor. Dios es familia. Dios es relación. Dios es comunión.
San Juan en su primera carta lo dice con tres palabras inmortales: "Dios es Amor." No dice que Dios tiene amor, o que Dios da amor. Dice que Dios ES Amor. Y el amor, por definición, no puede existir en soledad. El amor siempre necesita un "yo" y un "tú," alguien que ama y alguien que es amado. Y cuando ese amor es perfecto, da fruto.
Esto es lo que celebramos hoy. No celebramos un acertijo matemático. Celebramos que en el corazón mismo de la realidad, en el fundamento último del universo, hay Amor. Hay relación. Hay comunión.
Y aquí, queridos hermanos, es donde el misterio de la Trinidad toca nuestra vida diaria. Porque si fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, y Dios es comunión de Amor, entonces nosotros también fuimos creados para amar y para vivir en comunión.
San Juan Pablo II hablaba con frecuencia de lo que llamaba "la espiritualidad de comunión." Decía que la familia humana es el reflejo más visible de la Trinidad en la tierra: un esposo, una esposa, y el amor que se derrama de ellos hacia los hijos. Pero también la Iglesia, cuando vive en verdadera fraternidad, refleja a la Trinidad.
Por eso San Pablo nos exhorta en la segunda lectura: "Hermanos, alégrense, trabajen por su perfección, anímense unos a otros, vivan en paz y armonía." ¿Se dan cuenta? Pablo nos llama a vivir como vive Dios mismo: en armonía, en paz, en comunión. Y termina con esa bendición tan hermosa que escuchamos al inicio de cada Misa: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos ustedes."
Esa es la fórmula trinitaria más antigua de la Iglesia. Y miren lo que asocia con cada Persona: con Cristo, la gracia; con el Padre, el amor; con el Espíritu Santo, la comunión. Tres regalos, una sola fuente.
Hermanos míos, hoy es un día para preguntarnos: ¿Cómo reflejo yo a la Trinidad en mi vida? Porque permítanme decirles algo con toda claridad: no podemos decir que creemos en un Dios que es comunión de Amor si vivimos en aislamiento, en rencor, en división.
Si Dios es Padre, entonces todos somos hermanos. No hay excepciones. El que vive al lado tuyo, el que piensa diferente a ti, el que te ha lastimado, el inmigrante, el pobre, el enfermo, todos son hermanos tuyos porque tienen el mismo Padre.
Si Dios es Hijo, entonces Jesús se ha hecho uno con nosotros, y cada vez que tocamos a un ser humano herido, estamos tocando el rostro de Cristo.
Si Dios es Espíritu Santo, entonces tenemos en nosotros una fuerza divina capaz de transformarnos, de reconciliarnos, de hacernos capaces de amar como Dios ama.
El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que "el misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana." Central. No periférico. No opcional. Central. Porque toda nuestra vida cristiana, desde el bautismo "en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo," hasta la señal de la cruz con que comenzamos cada oración, está marcada por este misterio.
Y dentro de unos momentos, queridos hermanos, vamos a celebrar la expresión más alta de este misterio en la tierra: la Sagrada Eucaristía. Porque en la Misa, el Padre nos envía a su Hijo, y por el poder del Espíritu Santo, el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre. Toda la Trinidad está actuando en el altar. Y cuando recibimos la comunión, no solo recibimos a Jesús; recibimos al Padre que lo envía y al Espíritu que lo hace presente. Entramos en la vida misma de la Trinidad.
Por eso la Eucaristía se llama "comunión." Porque nos une con Dios que es comunión, y nos une entre nosotros para que seamos comunión.
Permítanme terminar con una invitación muy concreta. Esta semana, cada vez que hagan la señal de la cruz, háganla despacio, conscientemente. Recuerden que están invocando al Padre que los creó por amor, al Hijo que murió por ustedes en la cruz, y al Espíritu Santo que habita en su corazón. Y luego, después de hacer la señal de la cruz, busquen una manera concreta de ser reflejo de la Trinidad: reconcíliense con alguien, llamen a un familiar distante, perdonen una ofensa, sirvan a alquien necesitado.
Porque la mejor manera de creer en la Trinidad no es entenderla con la mente, sino vivirla con el corazón.
Que el Señor misericordioso y clemente, lento a la ira y rico en amor, como se reveló a Moisés, venga hoy a caminar con nosotros. Que Cristo, el Hijo entregado por amor al mundo, nos salve. Y que el Espíritu Santo nos llene de su comunión.
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Fuentes consultadas
- San Agustín, De Trinitate
- Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, Parte I, Cuestiones 27-43
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 232-267
- San Juan Pablo II, Encíclica Dives in Misericordia
- Papa Benedicto XVI, Deus Caritas Est
- Comentario Bíblico de San Jerónimo
- Hans Urs von Balthasar, Teo-Drama, Vol. V
- Robert Barron, Catolicismo, capítulo sobre la Trinidad
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