Lecturas del domingo
No Los Dejaré Huérfanos: La Promesa del Espíritu que Permanece
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Hay pocas palabras en los Evangelios tan tiernas, tan conmovedoras, como las que Jesús pronuncia en el Evangelio de hoy: "No los dejaré huérfanos; volveré a ustedes". Imaginemos por un momento la escena. Es la noche del Jueves Santo. Jesús está reunido con sus discípulos en el Cenáculo. Les acaba de lavar los pies. Ha partido el pan. Y ahora, sabiendo que en pocas horas será arrestado, torturado y clavado en una cruz, mira a sus amigos a los ojos, esos hombres que dejaron todo para seguirlo, y les habla con el corazón de un padre que no quiere abandonar a sus hijos.
"No los dejaré huérfanos". Hermanos míos, detengámonos en esa palabra: huérfanos. Es una palabra que duele. Un huérfano es alguien que se siente solo en el mundo, sin protección, sin un hogar al cual volver, sin alguien que lo espere con los brazos abiertos al final del día. Y Jesús, que conoce el corazón humano mejor que nadie, sabe que el miedo más profundo del ser humano no es la muerte. Es la soledad. Es sentirse abandonado. Es pensar que a nadie le importamos.
Y esta es la promesa que Jesús nos hace hoy, a seis domingos después de la Pascua, mientras nos preparamos para celebrar la Ascensión y luego Pentecostés: "Yo le pediré al Padre y les dará otro Paráclito que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad". Queridos amigos, esto lo cambia todo. Porque significa que aunque Jesús ascienda al Cielo, aunque ya no podamos verlo con nuestros ojos físicos, no estamos solos. Nunca hemos estado solos. Nunca lo estaremos.
La palabra que Jesús usa es muy hermosa: Paráclito. En griego significa "el que es llamado al lado". El abogado defensor que se pone junto al acusado. El consolador que se sienta junto al que llora. El amigo que camina al lado del que tiene miedo. San Agustín, comentando este pasaje, decía que el Espíritu Santo es "el dulce Huésped del alma", aquel que hace de nuestro corazón su morada. No un visitante de paso. Un Huésped que se queda.
Pero Jesús nos dice algo más, algo que no podemos pasar por alto. Antes de prometer el Espíritu, dice: "Si me aman, cumplirán mis mandamientos". Y luego repite: "El que acepta mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama". Hermanos, aquí está la clave de toda la vida cristiana. El amor a Cristo no es un sentimiento bonito que tenemos los domingos por la mañana. El amor a Cristo se demuestra en la obediencia, en la fidelidad, en vivir como Él vivió.
Santo Tomás de Aquino enseñaba que el amor verdadero siempre se traduce en obras. No basta decir "Señor, Señor". Hay que vivir lo que profesamos. Y aquí está la promesa hermosa: cuando vivimos en el amor de Cristo, cuando guardamos sus mandamientos, el Espíritu Santo encuentra en nosotros una morada cómoda. No estamos huérfanos porque Dios mismo, Padre, Hijo y Espíritu Santo, hace su casa en nosotros.
Queridos amigos, miremos ahora la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles. Felipe, uno de los siete diáconos, baja a la ciudad de Samaria, y predica a Cristo. Y nos dice la Escritura algo bellísimo: "hubo gran alegría en aquella ciudad". ¿Por qué? Porque donde llega el Evangelio, llega la alegría. Donde llega Cristo, llegan la sanación, la liberación, la esperanza. Pero notemos algo importante: aunque los samaritanos ya habían sido bautizados, aún les faltaba algo. Y los apóstoles Pedro y Juan bajan, les imponen las manos, y reciben el Espíritu Santo.
Aquí, hermanos míos, está el origen del sacramento de la Confirmación. La Iglesia, desde sus inicios, entiende que el Bautismo nos hace hijos de Dios, pero la Confirmación nos sella con el Espíritu Santo, nos hace soldados de Cristo, nos da la fuerza para vivir y proclamar la fe. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que en la Confirmación recibimos "la efusión especial del Espíritu Santo, como la concedida en otro tiempo a los apóstoles el día de Pentecostés".
Pregúntense, queridos hermanos: ¿Cuándo fue la última vez que hicimos memoria de nuestra Confirmación? ¿Cuándo fue la última vez que pedimos al Espíritu Santo que reavive en nosotros sus dones? Porque muchos de nosotros vivimos como si nunca hubiéramos sido confirmados. Vivimos con miedo, con tibieza, con vergüenza de nuestra fe. Y Cristo nos dice: "No los dejaré huérfanos". Tienen el Espíritu. Úsenlo.
Y aquí entra la segunda lectura, esa carta hermosa de san Pedro. Escuchen lo que nos dice: "Estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza a todo el que se las pidiere". Hermanos, ¿se dan cuenta de la conexión? Si tenemos al Espíritu Santo dentro de nosotros, si Cristo no nos ha dejado huérfanos, entonces nuestra vida tiene que ser diferente. Tenemos que ser personas de esperanza en un mundo que muchas veces se hunde en la desesperación.
Pero fíjense cómo nos pide san Pedro que demos esa razón de la esperanza: "con dulzura y respeto, conservando la conciencia limpia". No con arrogancia. No con dureza. No con palabras hirientes. Con dulzura. Con respeto. Con humildad. Porque la mejor manera de evangelizar no es ganar discusiones, sino ganar corazones. Y los corazones se ganan con el amor, con la coherencia de vida, con la paciencia.
San Juan Pablo II decía que el cristiano de hoy no es alguien que se esconde, sino alguien que sale a la calle, al trabajo, a la familia, llevando consigo la luz de Cristo. Y el Papa Francisco insiste una y otra vez: "Una Iglesia en salida". Una Iglesia que no se queda encerrada en el templo, sino que va a las periferias, que va a buscar a los huérfanos del mundo, a los que se sienten solos, a los que han perdido la esperanza, y les dice: "Tú no estás solo. Cristo te ama. El Espíritu quiere habitar en ti".
Queridos amigos, déjenme hacerles una pregunta directa. ¿Quién, en este momento de su vida, se siente huérfano? ¿Quién se siente abandonado, solo, perdido? Quizás un esposo que perdió a su esposa. Quizás unos padres cuyos hijos se han alejado de la fe. Quizás un joven que no encuentra sentido en su vida. Quizás un anciano que se siente olvidado. Quizás alguien que arrastra un pecado y piensa que Dios ya no lo quiere.
A todos ustedes, hoy, Cristo les repite estas palabras: "No los dejaré huérfanos. Volveré a ustedes". Y de hecho, Él vuelve. Vuelve cada vez que celebramos esta Eucaristía. Vuelve cada vez que un sacerdote, en su nombre, perdona los pecados en la confesión. Vuelve cada vez que dos o tres se reúnen en su nombre. Vuelve en el pobre que toca a nuestra puerta, en el enfermo que pide nuestra compañía, en el extranjero que necesita acogida.
Y en pocos minutos, hermanos míos, Cristo va a volver a este altar. El pan y el vino se convertirán en su Cuerpo y su Sangre. No es un símbolo. No es un recuerdo. Es Él, real, vivo, presente. Y cuando lo recibimos en la comunión, se cumple aquella promesa del Evangelio de hoy: "Aquel que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él". Cristo se manifiesta a nosotros en la Eucaristía. Cristo entra en nosotros. Cristo hace su morada en nuestro corazón.
Por eso, queridos hermanos, salgamos hoy de esta Misa con tres convicciones firmes. Primera: nunca estamos solos. El Espíritu Santo, el Paráclito, vive en nosotros desde nuestro Bautismo y Confirmación. Segunda: el amor a Cristo se demuestra en obras, en cumplir sus mandamientos, en vivir el Evangelio. Y tercera: somos llamados a ser testigos de la esperanza, con dulzura y respeto, en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestros barrios.
Y como tarea concreta para esta semana, les propongo algo sencillo pero profundo: cada mañana, al levantarse, antes de hacer cualquier otra cosa, recen brevemente al Espíritu Santo. Pueden decir: "Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón. Hazme instrumento de tu paz hoy". Una oración corta, pero hecha con fe. Y verán cómo el Espíritu transforma sus días, sus relaciones, sus decisiones.
Que la Virgen María, esposa del Espíritu Santo, nos enseñe a abrir nuestro corazón al Paráclito, como ella lo hizo en la Anunciación y en Pentecostés. Y que nunca olvidemos las palabras de Jesús que hoy resuenan en nuestros oídos: "No los dejaré huérfanos. Volveré a ustedes".
Amén.
Fuentes consultadas
- San Agustín, "Tratados sobre el Evangelio de san Juan", Tratado 74-75
- Santo Tomás de Aquino, "Comentario al Evangelio de san Juan"
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 729-730, 1285-1314 (sobre el Espíritu Santo y la Confirmación)
- Papa Francisco, Exhortación Apostólica "Evangelii Gaudium"
- Papa Benedicto XVI, Homilías para el Sexto Domingo de Pascua
- San Juan Pablo II, Encíclica "Dominum et Vivificantem" sobre el Espíritu Santo
- Raymond E. Brown, "El Evangelio según Juan" (comentario exegético)
- Biblia de Jerusalén, notas exegéticas sobre Juan 14 y Hechos 8
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