El banquete preparado y el traje de fiesta
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Pocas cosas son tan humanas como una mesa compartida. Pensemos en una boda, en una cena de Navidad o en una comida de domingo con la familia. Alrededor de una mesa nos reconciliamos, celebramos, lloramos a nuestros difuntos y hacemos memoria. Hoy la Palabra de Dios nos presenta precisamente una mesa: el banquete que Dios mismo prepara para la humanidad.
En la primera lectura, el profeta Isaías describe una escena asombrosa: “Sobre este monte el Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados”. No es una cena para unos pocos privilegiados. Es para “todos los pueblos”. Y en ese banquete sucede algo que ninguna fiesta humana puede lograr: Dios “destruirá para siempre la muerte” y “enjugará las lágrimas de todos los rostros”.
Detengámonos un momento en esa imagen, mis amigos. Dios con un pañuelo en la mano, secando las lágrimas de cada rostro. Las lágrimas de la madre que perdió a un hijo, las del hombre que no encuentra trabajo, las de quien carga una enfermedad o una soledad que nadie ve. Así es el corazón de nuestro Dios. Su gran deseo es reunirnos a su mesa y llenarnos de vida.
Jesús retoma esta imagen en el Evangelio, pero le añade algo inquietante. Un rey prepara el banquete de bodas de su hijo. Todo está listo: los terneros sacrificados, la mesa servida. Y los invitados no quieren ir. Uno se va a su campo, otro a su negocio. No son personas malvadas en apariencia; simplemente están ocupadas. Tienen cosas más urgentes que hacer.
Hermanos, aquí el Evangelio deja de ser una historia antigua y se convierte en un espejo. ¿Cuántas veces hemos dicho a Dios, sin palabras, “ahora no puedo”? No por odio, sino por distracción. El trabajo, las pantallas, el cansancio, los compromisos de los hijos, mil cosas buenas que poco a poco ocupan el lugar de lo esencial. El peligro más común no es rechazar a Dios con violencia, sino dejarlo para después, hasta que el después nunca llega.
Pero el rey no se rinde. Esto es lo más hermoso de la parábola. Envía a sus criados a los cruces de los caminos y les dice: “Inviten a todos los que encuentren”. Y la sala se llena de “malos y buenos”. Dios no espera a que seamos perfectos para invitarnos. Su invitación es pura gracia, un regalo que no merecemos. Por eso estamos aquí esta mañana, cada uno con su historia, sus heridas y sus pecados. Nadie entró a esta iglesia por méritos propios. Todos fuimos encontrados en algún cruce del camino.
Sin embargo, la parábola tiene un final que no podemos ignorar. El rey entra y ve a un hombre sin traje de fiesta. “Amigo, ¿cómo entraste aquí sin traje de fiesta?” Y el hombre se queda callado. Muchos se preguntan: si lo invitaron de la calle, ¿cómo iba a tener el traje adecuado? Los estudiosos recuerdan que en aquella cultura se esperaba que el invitado se preparara, que se lavara y se presentara con dignidad, como signo de respeto al anfitrión. El problema no era la pobreza del hombre, sino su indiferencia. Aceptó la invitación, pero no permitió que la invitación lo cambiara.
¿Qué es, entonces, ese traje de fiesta? San Agustín se hacía esta misma pregunta y respondía que no podía ser el bautismo ni la fe solamente, porque también los malos pueden recibirlos exteriormente. El traje de fiesta, decía Agustín, es la caridad que brota de un corazón puro. San Gregorio Magno enseñaba lo mismo: el vestido nupcial es el amor. Y el Papa Benedicto XVI, comentando este pasaje, recordaba precisamente esa enseñanza de san Gregorio: entrar en la fiesta exige revestirse de caridad.
Queridos amigos, esto nos dice algo muy serio y muy consolador a la vez. Serio, porque no basta con estar dentro de la sala. No basta con venir a misa por costumbre mientras el corazón sigue cerrado al perdón, a la generosidad, al hermano necesitado. La invitación es gratuita, pero no es barata. Pide una respuesta. Como dice el Catecismo, Dios nos creó sin nosotros, pero no quiso salvarnos sin nosotros, recogiendo así las palabras del mismo san Agustín.
Y es consolador, porque ese traje no lo tejemos nosotros solos. Nos lo regala Dios. En el bautismo recibimos una vestidura blanca, y cuando la manchamos, el Señor nos ofrece el sacramento de la reconciliación para lavarla de nuevo. Nadie tiene que quedarse callado delante del rey como aquel hombre. Basta con dejarse vestir.
Aquí entra la segunda lectura, que puede parecer lejana pero no lo es. San Pablo escribe desde la cárcel a los filipenses: “Sé vivir en pobreza y en abundancia… Todo lo puedo en aquel que me conforta”. Pablo ha aprendido el secreto de la vida cristiana. Su seguridad no está en su campo ni en su negocio, como los invitados que rechazaron la fiesta. Su seguridad está en Cristo. Y por eso puede decir con confianza: “Mi Dios proveerá a todas sus necesidades, conforme a su espléndida riqueza en Cristo Jesús”.
Ese es el corazón de un verdadero invitado al banquete: alguien que ha descubierto que Dios basta, y que por eso tiene las manos libres para amar. Pablo, además, agradece a los filipenses que compartieran su tribulación. Allí está el traje de fiesta en acción: una comunidad que se hace cargo del que sufre.
Hermanos y hermanas, todo esto no es solo una promesa para el final de los tiempos. El banquete del que habla Isaías y que Jesús describe en la parábola ya se nos anticipa en este altar. El Catecismo enseña que la Eucaristía es prenda de la gloria futura, un anticipo de la fiesta del cielo. Cuando dentro de unos momentos el sacerdote eleve la Hostia y diga: “Dichosos los invitados a la cena del Señor”, se estará cumpliendo esta parábola delante de nuestros ojos. El Rey nos invita a las bodas de su Hijo. Y el Hijo no solo prepara la mesa: Él mismo se hace alimento.
Por eso, antes de acercarnos a comulgar, preguntémonos con sinceridad: ¿Con qué traje vengo hoy a esta fiesta? ¿Hay alguien a quien me niego a perdonar? ¿Hay alguna “ocupación” que se ha vuelto más importante que Dios en mi vida? No para llenarnos de miedo, sino para dejar que el Señor nos vista.
Les propongo algo concreto para esta semana. Primero, elijan un acto de caridad sencillo y concreto: una llamada a alguien que está solo, una visita a un enfermo, una palabra de reconciliación que llevan tiempo postergando. Ese es el traje de fiesta tejido con hilos de amor. Segundo, si hace tiempo que no se acercan a la confesión, este es el momento. El Rey sigue enviando a sus criados a los cruces de los caminos, y hoy los está buscando a ustedes.
Queridos amigos, la mesa está servida. Las lágrimas serán enjugadas. La muerte será vencida. El Señor nos espera con los brazos abiertos. No dejemos que nada, ni el campo ni el negocio, nos haga perder la fiesta. Revistámonos de caridad y entremos con alegría, diciendo con Isaías: “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; alegrémonos y gocemos con su salvación”.
Amén.
Fuentes consultadas
- San Agustín, *Sermón 90* sobre el traje de bodas - San Gregorio Magno, *Homilías sobre los Evangelios*, Homilía 38 - Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1402-1405 (la Eucaristía, prenda de la gloria futura) y n. 1847 - Papa Benedicto XVI, Ángelus del 9 de octubre de 2011 - Papa Francisco, Ángelus del 15 de octubre de 2017 - *Comentario Bíblico San Jerónimo* (Brown, Fitzmyer, Murphy), sobre Mateo 22 e Isaías 25 - Biblia de Navarra, comentarios a Mateo 22:1-14 y Filipenses 4 - Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB), notas de la NABRE a Mateo 22 e Isaías 25