Lecturas del domingo
El Pan que da la Vida: Memoria, Comunión y Esperanza
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Hoy la Iglesia se detiene con asombro ante el más grande de los dones. Celebramos la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, ese misterio que san Juan Pablo II llamaba "el tesoro más precioso que la Iglesia puede tener en su camino por la historia". Hoy contemplamos al Señor que se queda con nosotros, no como un recuerdo lejano, sino como Pan vivo, alimento verdadero para nuestro camino.
Imaginemos por un momento el desierto. Cuarenta años caminando bajo el sol abrasador, sin saber qué comerían al día siguiente. En la primera lectura, Moisés recuerda al pueblo de Israel esa experiencia. Les dice: "Acuérdate de todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer durante cuarenta años por el desierto". Y les revela algo sorprendente: Dios permitió el hambre para luego alimentarlos con el maná, "para enseñarte que no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor".
Hermanos, el desierto era una escuela. Allí Israel aprendió que la vida no se sostiene únicamente con el alimento material, sino con la confianza en Dios. El maná caía cada mañana, fresco, suficiente, imposible de almacenar. Así Dios enseñaba a su pueblo a depender de Él día tras día.
Pero ese maná, por maravilloso que fuera, no era suficiente. Como dice Jesús en el Evangelio de hoy: "Vuestros padres comieron el maná en el desierto y, sin embargo, murieron". El maná alimentaba el cuerpo, pero no podía vencer a la muerte. Era apenas una sombra, un anuncio de algo infinitamente mayor.
Y entonces llegamos al corazón de esta fiesta, al Evangelio de san Juan. Jesús pronuncia palabras que escandalizaron a sus oyentes y que siguen siendo el centro de nuestra fe: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo".
Notemos cómo reaccionan los judíos. Se pelean entre ellos diciendo: "¿Cómo puede este darnos a comer su carne?". Y aquí está lo extraordinario: Jesús no suaviza sus palabras. No dice: "No me entendisteis, hablaba simbólicamente". Al contrario, insiste con una fuerza aún mayor: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna".
El verbo que usa Jesús en el texto original no es el verbo educado de "comer", sino uno más crudo, que significa literalmente "masticar", "roer". Jesús quiere que no quede ninguna duda: Él se nos da realmente, verdaderamente, sustancialmente. Esto no es una metáfora. Es la Eucaristía.
San Cirilo de Jerusalén, enseñando a los nuevos cristianos, lo decía con claridad luminosa: "No veas en el pan y el vino meros elementos, porque según la declaración del Señor son el Cuerpo y la Sangre de Cristo". Y san Ignacio de Antioquía, camino del martirio, llamaba a la Eucaristía "medicina de inmortalidad, antídoto para no morir".
Hermanos míos, esto cambia todo. Si el maná no pudo vencer la muerte, este Pan sí lo hace. Jesús lo promete con palabras que no admiten ambigüedad: "El que come este pan vivirá para siempre".
Pensemos en lo que sucede en cada Misa. Lo que para nuestros ojos parece un pequeño trozo de pan, es en realidad el mismo Cristo resucitado, vivo, glorioso. El Catecismo de la Iglesia Católica lo afirma: "En el santísimo sacramento de la Eucaristía están contenidos verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, juntamente con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo". No recibimos una idea. No recibimos un símbolo. Recibimos a una Persona viva que nos ama.
Y aquí debemos preguntarnos con honestidad: ¿cómo me acerco yo a recibir la Comunión? ¿Con la conciencia de que recibo al Dios vivo? ¿O me he acostumbrado tanto que voy distraído, pensando en otras cosas, como quien hace una rutina?
San Juan Pablo II nos advertía del peligro de lo que llamaba "el riesgo de la costumbre". Que la familiaridad con este misterio nunca se convierta en indiferencia. Cuando el sacerdote levante la Hostia hoy, fijemos los ojos en ella y digamos, como santo Tomás cuando vio al Resucitado: "Señor mío y Dios mío".
Pero hay todavía otra dimensión de este misterio, queridos hermanos, y nos la regala san Pablo en la segunda lectura. Escuchemos sus palabras: "El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan".
¿Lo notamos? La Eucaristía no solo nos une a Cristo; nos une entre nosotros. Comer del mismo Pan nos hace ser un solo cuerpo. San Agustín lo expresó con una imagen inolvidable. Hablando del pan, decía que muchos granos de trigo se muelen y se unen en una sola masa, y muchas uvas se prensan y se hacen un solo vino. Y luego concluía dirigiéndose a los fieles: "Sed lo que veis y recibid lo que sois". Es decir: ustedes son el Cuerpo de Cristo. Reciban lo que son y conviértanse en lo que reciben.
Esto tiene consecuencias enormes para nuestra vida. No puedo recibir el Cuerpo de Cristo en el altar y despreciar el cuerpo de Cristo que es mi hermano. No puedo comulgar el domingo y guardar rencor el lunes. No puedo decir "amén" ante la Hostia y luego ignorar al pobre, al solitario, al que sufre a mi lado.
La Eucaristía que recibimos nos compromete. Nos hace responsables los unos de los otros. Nos envía a ser pan partido para los demás, así como Cristo se parte y se reparte por nosotros.
Hermanos y hermanas, vivimos tiempos de muchas divisiones. Divisiones en nuestra sociedad, en nuestras comunidades, a veces incluso en nuestras propias familias. Y la respuesta de Dios a tanta fragmentación es este Pan que nos hace uno. En medio de un mundo que se separa, la Eucaristía nos reúne en torno a la misma mesa.
Por eso, hoy quisiera dejarles tres pasos concretos para vivir mejor esta fiesta.
Primero: redescubrir el asombro. La próxima vez que vengan a comulgar, recuerden que Dios mismo viene a habitar en ustedes. Hagan un acto de fe interior. Preparen su corazón con un momento de silencio antes de la Misa.
Segundo: visiten al Señor. La Eucaristía permanece en nuestros sagrarios. ¿Cuándo fue la última vez que entraron a una iglesia, no para una Misa, sino simplemente para estar con Él? La adoración eucarística es uno de los grandes tesoros de nuestra tradición. Diez minutos en silencio ante el sagrario pueden transformar toda una semana.
Tercero: sean Eucaristía para los demás. Que la Comunión que reciben se traduzca en gestos de comunión real: una palabra de reconciliación, un acto de servicio, una atención al que está solo. Recuerden a san Agustín: "Sed lo que veis".
Hermanos míos, dentro de unos momentos este mismo altar se convertirá en el Cenáculo, y el Señor que alimentó a Israel en el desierto vendrá a alimentarnos a nosotros. No con el maná que pasa, sino con su propio Cuerpo y su propia Sangre, prenda de vida eterna.
Acerquémonos, pues, con fe, con asombro y con amor. Y que cada Comunión nos haga más uno con Cristo y más uno entre nosotros, hasta el día en que nos sentemos juntos al banquete eterno del Reino.
Que el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que hoy adoramos y recibimos, nos guarde para la vida eterna. Amén.
Fuentes consultadas
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1322-1419 (sobre el Sacramento de la Eucaristía).
- San Agustín, Sermón 272 y Sermón 227 (sobre el Cuerpo de Cristo y la unidad de la Iglesia).
- San Cirilo de Jerusalén, Catequesis Mistagógicas IV (sobre el Cuerpo y la Sangre de Cristo).
- San Ignacio de Antioquía, Carta a los Efesios (sobre la Eucaristía como "medicina de inmortalidad").
- San Juan Pablo II, Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003).
- Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae, III, qq. 73-78 (sobre la presencia real).
- The Navarre Bible Commentary* sobre el Evangelio de San Juan y la Primera Carta a los Corintios.
- Benedicto XVI, Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis (2007).
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