Lecturas del domingo
El susurro de una brisa suave y la mano que nos sostiene
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Todos conocemos el ruido. El ruido del tráfico, del teléfono que no deja de sonar, de las noticias que nos alarman. Pero hay un ruido más profundo: el ruido interior de la ansiedad, de las preocupaciones que nos quitan el sueño, de las preguntas que no encuentran respuesta.
Y en medio de todo ese estruendo, la Palabra de Dios hoy nos hace una promesa sorprendente: Dios está ahí. No siempre donde lo esperamos, ni como lo esperamos. Pero está.
Miremos primero al profeta Elías. Lo encontramos en el monte Horeb, escondido en una cueva. Es importante recordar cómo llegó allí. Elías acababa de vivir su mayor triunfo: había derrotado a los profetas de Baal en el monte Carmelo, con fuego bajado del cielo. ¡Un éxito espectacular!
Y sin embargo, apenas la reina Jezabel amenazó su vida, Elías huyó al desierto y se sentó bajo una retama pidiendo la muerte: «Basta ya, Señor, quítame la vida». El gran profeta estaba agotado, deprimido, quemado por dentro.
Hermanos míos, qué consuelo saber que hasta los santos conocen el desánimo. Que hasta los gigantes de la fe tienen días en que quieren tirar la toalla. Si usted ha pasado por ahí, sepa que está en buena compañía.
Dios lo lleva entonces al Horeb, que es el Sinaí, la montaña donde Moisés recibió la Ley. Y le dice: «Sal y quédate de pie en el monte ante el Señor». Entonces viene el huracán que descuaja los montes y quiebra las rocas. Pero el Señor no estaba en el viento.
Viene el terremoto. Pero el Señor no estaba en el terremoto. Viene el fuego. Pero el Señor no estaba en el fuego. Y después del fuego, dice el texto, «el susurro de una brisa suave». El hebreo dice literalmente: «una voz de silencio sutil». Un silencio que habla.
Y cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto, porque supo que estaba delante de Dios.
Dense cuenta, queridos amigos, de lo que Dios le está enseñando. Elías esperaba a un Dios de fuego, porque el fuego era su especialidad. Un Dios que arrasa, que impone, que gana batallas ruidosas. Y Dios le dice: sí, soy poderoso, pero no me reduzcas a tu idea de poder. Yo hablo también en el silencio. Yo me acerco como una brisa que no rompe nada.
San Juan de la Cruz, Doctor de la Iglesia, escribió que «una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma». Dios habla, hermanos, pero muchas veces en voz baja. Y el que vive con el alma a todo volumen, sencillamente no lo oye.
Aquí está la primera pregunta que las lecturas nos ponen delante: ¿Cuándo fue la última vez que usted hizo silencio de verdad? No el silencio vacío de quien no tiene nada que hacer, sino el silencio habitado de quien se pone ante Dios y le dice: «Habla, Señor, que tu siervo escucha».
Porque no es que Dios haya dejado de hablar. Es que nosotros hemos dejado de escuchar.
Pasemos ahora al Evangelio, porque allí ocurre algo hermosísimo. San Mateo nos cuenta que Jesús obliga a los discípulos a subir a la barca y se retira solo al monte a orar. Fíjense: el Señor sube a la montaña a hacer exactamente lo que Elías hizo. Buscar el rostro del Padre en el silencio.
Mientras tanto, la barca está siendo sacudida por las olas, porque el viento es contrario. Y así estamos muchos de nosotros: remando con todas nuestras fuerzas mientras el viento sopla en contra. La enfermedad, la crisis económica, el hijo que se alejó de la fe, el matrimonio que hace agua, la soledad que pesa.
Los Padres de la Iglesia vieron siempre en esa barca zarandeada la imagen de la Iglesia y del alma cristiana en medio de las tormentas del mundo. San Agustín predicaba a su gente: «Cuando te agite el viento, cuando te sacudan las olas, mira a Cristo, invócalo a Él».
Y entonces, «a la cuarta vela de la noche», es decir, en la hora más oscura, justo antes del amanecer, Jesús viene hacia ellos caminando sobre el agua. En la Biblia, el mar es el símbolo del caos, del abismo, de todo lo que amenaza la vida. Y Jesús camina sobre él como quien pasea por su casa.
Y les dice tres palabras que valen un tesoro: «Ánimo, soy yo, no tengan miedo». En griego, ese «soy yo» es literalmente «Yo Soy», el mismo Nombre que Dios reveló a Moisés en la zarza ardiente. El que camina sobre las aguas de nuestro caos es el mismo Dios que se reveló en el Sinaí.
Y ahora viene Pedro. «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre el agua». Y Jesús le dice una sola palabra: «Ven».
Hermanos, esa palabra es toda la vida cristiana. «Ven». Sal de la barca. Deja lo seguro. Camina hacia mí.
Y Pedro camina. Ese detalle no lo pasemos por alto: ¡Pedro camina sobre el agua! Ningún otro apóstol lo hizo. Pero luego, dice el texto, «al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: Señor, sálvame».
¿Qué pasó? Muy sencillo: Pedro dejó de mirar a Jesús y empezó a mirar el viento. Mientras sus ojos estaban clavados en el Señor, el agua lo sostenía. Cuando sus ojos se fueron a las olas, se hundió.
Ahí está el diagnóstico de tantas de nuestras crisis espirituales. No es que hayamos perdido la fe. Es que hemos cambiado el objeto de nuestra mirada. Miramos los problemas más que al Salvador. Contamos las olas y nos olvidamos de Quien está de pie sobre ellas.
Pero miren la ternura del Evangelio: «Inmediatamente Jesús extendió la mano, lo agarró». Inmediatamente. Sin sermón previo, sin hacerlo esperar, sin decirle «te lo advertí». Primero la mano, después la pregunta: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?».
San Juan Crisóstomo comenta que Cristo permitió que Pedro se hundiera precisamente para curarlo de su presunción, y que la salvación vino cuando gritó pidiendo ayuda. El grito «Señor, sálvame» es quizá la oración más perfecta que existe: tres palabras, dichas desde el fondo, y bastan.
Queridos amigos, quiero que se lleven esto hoy a casa: la fe no consiste en no hundirse nunca. Consiste en saber a quién gritar cuando nos hundimos.
Y noten el detalle final: cuando Jesús y Pedro suben a la barca, el viento se calma. Cristo no siempre quita la tormenta antes de venir a nosotros. A veces primero viene, y la tormenta se calma después. Primero la presencia, después la solución.
Y hay una cosa más. Cuando la mano de Jesús agarra a Pedro, la barca entera adora: «Verdaderamente eres Hijo de Dios». La caída de Pedro se convierte en ocasión de fe para todos. Dios sabe sacar bien hasta de nuestros hundimientos.
Ahora entendemos también la segunda lectura. San Pablo nos abre su corazón con una franqueza dolorosa: «Siento una gran tristeza y un dolor incesante», porque su propio pueblo, Israel, no ha reconocido a Cristo. Llega a decir que aceptaría ser él mismo separado de Cristo con tal de que ellos se salvaran.
Eso, hermanos, es amor de verdad. Pablo también está en una tormenta, pero no es la suya: es la de otros. Sufre por los que ama. Y muchos de ustedes conocen exactamente ese dolor: padres y madres que rezan por hijos alejados, esposos que rezan por su cónyuge, abuelas que ofrecen el rosario por un nieto.
A ustedes les digo hoy: no suelten. Sigan gritando «Señor, sálvalo». Ese grito llega. Ese amor no se pierde. Dios no desperdicia ni una sola lágrima ofrecida por un ser querido.
Hermanos y hermanas, todo esto desemboca en este altar. Dentro de unos minutos, ese mismo Jesús que caminó sobre las aguas va a venir a nosotros. Y va a venir precisamente como vino a Elías: no en el huracán ni en el terremoto, sino en el silencio sutil de un pedazo de pan.
Nada más callado que una Hostia. Nada más humilde. Y sin embargo, ahí está el «Yo Soy», el que tiende la mano al que se hunde. El Catecismo nos recuerda que en la Eucaristía «Cristo, muerto y resucitado, está presente de manera verdadera, real y sustancial».
Así que cuando usted se acerque a comulgar hoy, no venga con las manos vacías. Traiga su tormenta. Traiga su viento contrario. Traiga esa preocupación que le pesa desde hace meses. Y en el momento de recibirlo, dígale por dentro esas tres palabras de Pedro: «Señor, sálvame».
Y permítanme dejarles una tarea muy concreta para esta semana. Solo cinco minutos al día. Cinco minutos de silencio real: sin teléfono, sin televisión, sin música. Siéntese, cierre los ojos, y diga: «Habla, Señor, que tu siervo escucha». Cinco minutos. Nada más.
Porque Dios sigue pasando por nuestra vida en el susurro de una brisa suave. Y sigue diciendo, sobre las aguas más revueltas de nuestra historia: «Ánimo, soy yo, no tengan miedo».
Que la Virgen María, la que supo guardar todas estas cosas meditándolas en el silencio de su corazón, nos alcance oídos atentos y una fe que, aunque tiemble, no suelte nunca la mano de su Hijo.
Amén.
Fuentes consultadas
- San Agustín, Sermón 75 sobre Mateo 14 (Pedro caminando sobre las aguas)
- San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 50
- San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor
- Catecismo de la Iglesia Católica*, nn. 1373-1381 (Presencia real de Cristo en la Eucaristía); nn. 2559-2565 (La oración)
- Benedicto XVI, Audiencia general sobre el profeta Elías (15 de junio de 2011)
- Papa Francisco, Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, nn. 135-159 (La homilía y su preparación)
- The Navarre Bible: Gospel of St. Matthew*, comentario de la Universidad de Navarra
- Concilio Vaticano II, Dei Verbum (Constitución dogmática sobre la Divina Revelación)
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