Recurso católico en español

Homilía Dominical

Una homilía dominical clara, estructurada en torno a las lecturas de la misa y pensada para ayudar a sacerdotes, diáconos, catequistas y fieles a preparar el domingo con profundidad.

domingo, 26 de julio de 2026

SEVENTEENTH SUNDAY IN ORDINARY TIME

Lecturas del domingo

Primera lectura
1 Kings 3:5, 7-12
Segunda lectura
Romans 8:28-30
Evangelio
Matthew 13:44-52

El Tesoro que lo Vale Todo

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Imaginen por un momento que están caminando por un campo cualquiera, un día ordinario, y de repente su pie tropieza con algo duro escondido bajo la tierra. Cavan un poco, y descubren un cofre lleno de un tesoro que vale más de lo que jamás soñaron. ¿Qué harían? ¿Se alejarían tranquilamente? ¿O harían todo lo posible por hacer suyo ese tesoro?

Esta es la imagen que Jesús nos regala hoy en el Evangelio de san Mateo. Nos dice: "El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra aquel campo".

Fíjense bien, hermanos, en una palabra que aparece en esta breve parábola: la alegría. El hombre no vende todo lo que tiene con tristeza, ni con resignación, como quien paga un impuesto pesado. Lo hace "lleno de alegría". Porque cuando descubrimos el verdadero valor de algo, todo lo demás pierde su peso. Renunciar deja de ser un sacrificio y se convierte en una ganancia.

Ese tesoro, queridos amigos, es el Reino de Dios. Es la vida en Cristo. Es la amistad con Aquel que nos ama más que a su propia vida. Y Jesús nos está preguntando hoy: ¿Han descubierto ustedes este tesoro? Y si lo han descubierto, ¿están dispuestos a darlo todo por él?

Muchas veces vivimos como si el Reino de Dios fuera una cosa más entre tantas otras. Lo colocamos en un rincón de nuestra vida, entre el trabajo, la familia, las diversiones y las preocupaciones. Pero Jesús nos dice que no. El Reino no es una cosa más. Es el tesoro por el cual vale la pena reorganizar toda nuestra existencia.

Nuestra primera lectura, del Primer Libro de los Reyes, nos ayuda a comprender cómo se descubre este tesoro. El joven rey Salomón está frente a Dios, quien le dice: "Pídeme lo que quieras y te lo daré". ¡Qué invitación tan extraordinaria! Salomón podría haber pedido riquezas, poder, larga vida, la muerte de sus enemigos. Pero, ¿qué pide? Pide "un corazón dócil para gobernar a tu pueblo y para discernir entre el bien y el mal".

Salomón pide sabiduría. Y Dios se complace tanto en esta petición que le concede "un corazón sabio y prudente" como nadie ha tenido ni tendrá. Hermanos, aquí está la clave. La sabiduría es precisamente aquello que nos permite reconocer el verdadero tesoro cuando lo encontramos.

Sin sabiduría, pasamos por el campo de nuestra vida y tropezamos con el tesoro del Reino, pero no lo reconocemos. Lo dejamos enterrado. Preferimos las cosas que brillan pero no valen, y despreciamos aquello que verdaderamente nos daría la vida eterna. Por eso, la primera oración que debemos hacer, como Salomón, es pedir un corazón sabio, un corazón que sepa distinguir lo esencial de lo pasajero.

San Agustín, ese gran doctor de la Iglesia que buscó tanto tiempo la felicidad en los placeres del mundo antes de encontrarla en Dios, escribió aquellas palabras inmortales: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". Agustín había estado caminando por muchos campos, buscando tesoros falsos, hasta que finalmente descubrió que el único tesoro que vale todo es Dios mismo.

La segunda parábola del Evangelio nos ofrece otra imagen hermosa: la del mercader que busca perlas finas. A diferencia del primer hombre, que encuentra el tesoro por casualidad, este mercader lo busca activamente. Y cuando encuentra la perla de gran valor, "va a vender todo lo que tiene y la compra".

Hay quienes encuentran a Dios de manera inesperada, y hay quienes lo buscan durante toda su vida. Pero en ambos casos, la respuesta es la misma: darlo todo. Porque cuando uno descubre a Cristo, entiende que no hay precio demasiado alto.

Ahora bien, queridos hermanos, quizás alguno esté pensando: "Todo esto suena hermoso, pero yo me siento pequeño, débil, indigno de un tesoro tan grande". A ustedes les habla hoy san Pablo en la segunda lectura, con palabras que debemos guardar en el corazón: "Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman".

¡Qué consuelo tan grande! Dios está trabajando en todo, incluso en nuestras dificultades, incluso en nuestros fracasos, para nuestro bien. Y Pablo continúa diciéndonos que Dios nos ha conocido desde siempre, nos ha destinado a reproducir la imagen de su Hijo, nos ha llamado, justificado y glorificado.

Esto significa, hermanos, que el tesoro no solo lo buscamos nosotros. Dios nos ha buscado a nosotros primero. Antes de que nosotros pensáramos en Dios, Él ya nos había amado, elegido y llamado. Nosotros somos, en cierto sentido, el tesoro que Dios busca. Cristo vendió todo lo que tenía, dio su propia vida en la cruz, para comprarnos, para hacernos suyos.

Detengámonos un momento en esta verdad maravillosa. En estas parábolas, nosotros somos el que busca el tesoro. Pero también podemos verlo al revés: Dios es el mercader que, encontrando en nosotros una perla preciosa, lo dio todo por nosotros en la cruz. Nuestro valor no viene de nosotros mismos, sino del precio que Dios estuvo dispuesto a pagar por nosotros: la sangre de su propio Hijo.

Y esto, queridos amigos, nos lleva directamente al altar. Porque en pocos momentos vamos a celebrar la Eucaristía, y en ella se hace presente ese tesoro escondido, esa perla de gran valor. En la Sagrada Comunión recibimos a Cristo mismo, verdadero Dios y verdadero hombre, el tesoro más grande que existe, escondido bajo las humildes apariencias del pan y del vino.

Cuántas veces nos acercamos a recibir la Eucaristía sin darnos cuenta de lo que tenemos en nuestras manos. San Juan María Vianney decía que si comprendiéramos plenamente lo que es la Eucaristía, moriríamos de amor. En la Comunión no recibimos una cosa, sino a una Persona. No recibimos un símbolo, sino al mismo tesoro del cielo.

Entonces, hermanos, permítanme hacerles una pregunta muy concreta para llevar a casa. ¿Qué es aquello que todavía no estoy dispuesto a "vender" para poseer plenamente el tesoro del Reino? Todos tenemos algo. Puede ser un rencor que no queremos soltar. Puede ser un hábito de pecado que nos tiene atados. Puede ser un apego excesivo al dinero, al éxito, a la comodidad. Puede ser el miedo a entregarnos del todo a Dios.

Jesús no nos pide que renunciemos a las cosas buenas de la vida. Nos pide que las pongamos en su lugar correcto, debajo del tesoro que lo vale todo. La familia, el trabajo, las amistades, todo esto es bueno, pero encuentra su verdadero sentido solo cuando ponemos a Dios en el primer lugar.

Al final del Evangelio, Jesús añade una tercera imagen, la de la red que recoge peces de toda clase, y luego se separan los buenos de los malos. Esto es un recordatorio serio: la vida tiene un final, y habrá un juicio. Por eso no podemos dejar el tesoro enterrado para siempre. El tiempo de elegir es ahora.

Y Jesús concluye preguntando a sus discípulos: "¿Han entendido todo esto?". Ellos responden que sí. Hoy la misma pregunta resuena para nosotros. ¿Hemos entendido? ¿Hemos comprendido el valor infinito de lo que se nos ofrece?

Que esta semana, queridos hermanos y hermanas, pidamos como Salomón un corazón sabio, un corazón que sepa reconocer el tesoro. Que descubramos de nuevo, con alegría, que vale la pena darlo todo por Cristo. Y que cuando nos acerquemos hoy a recibir la Eucaristía, lo hagamos conscientes de que en nuestras manos y en nuestro corazón está recibiendo el tesoro escondido, la perla de gran valor, el Reino de los cielos hecho carne.

Que la Virgen María, que guardó todas estas cosas en su corazón y lo dio todo por su Hijo, nos alcance la gracia de descubrir y abrazar este tesoro con toda el alma.

Amén.

Fuentes Consultadas

1. San Agustín, *Confesiones*, Libro I y Libro X. 2. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 546, 1324-1327 (sobre las parábolas del Reino y la Eucaristía). 3. Papa Benedicto XVI, *Ángelus del 24 de julio de 2011* (sobre las parábolas del tesoro y la perla). 4. Papa Francisco, *Ángelus del 27 de julio de 2014* (Domingo XVII del Tiempo Ordinario). 5. San Juan Crisóstomo, *Homilías sobre el Evangelio de San Mateo*, Homilía 47. 6. *The Navarre Bible: Gospel of Matthew*, comentario a Mateo 13. 7. William Barclay, *Comentario al Evangelio de Mateo* (referencia general). 8. Biblia utilizada: *New American Bible, Revised Edition (NABRE)*.

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