Una Cosecha de Compasión: Llamados y Enviados
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Hoy las lecturas de la liturgia nos colocan ante el corazón mismo de Dios. Y descubrimos algo asombroso: el corazón de Dios late de amor por su pueblo, late de compasión por nosotros, y desea hacernos partícipes de su obra de salvación.
Comencemos por el Evangelio de san Mateo. Allí encontramos una imagen conmovedora: "Al ver a las multitudes, Jesús se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor" (Mateo 9:36). Detengámonos en esa palabra: "se compadeció". En el griego original, el verbo expresa algo profundamente físico, como un estremecimiento de las entrañas. No es una lástima fría ni distante. Es un amor que conmueve hasta lo más hondo del ser.
Jesús mira a la muchedumbre y ve personas cansadas, perdidas, sin rumbo, como ovejas dispersas que no encuentran quién las guíe. Hermanos, ¿no es esta también una descripción de nuestro mundo de hoy? Cuántas personas viven extenuadas por el peso de la vida, abandonadas en su soledad, buscando un sentido que no encuentran. Cuántos corazones andan sin pastor, sin dirección, sin esperanza.
Y aquí está la buena noticia: Dios no permanece indiferente ante ese sufrimiento. Su mirada no es la mirada del juez que condena, sino la del Buen Pastor que sale al encuentro. San Agustín nos enseñaba que Dios nos ama no porque seamos buenos, sino para hacernos buenos. Su amor es el que nos transforma.
Esto lo confirma de manera poderosa san Pablo en la segunda lectura. Escuchen estas palabras de la Carta a los Romanos: "La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros" (Romanos 5:8). Queridos amigos, mediten bien esto. Cristo no esperó a que fuéramos dignos. No murió por los justos, ni por los santos perfectos. Murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores, cuando estábamos lejos, cuando éramos enemigos de Dios.
Esto rompe toda lógica humana. Nosotros amamos a quienes nos aman, a quienes nos lo merecen. Pero el amor de Dios es diferente. Es un amor que se entrega primero, sin condiciones, sin esperar nada a cambio. San Pablo dice que apenas alguien daría su vida por un hombre justo. Pero Cristo dio la suya por los pecadores. Ese es el escándalo y la gloria de la Cruz.
Y notemos algo importante: Pablo no habla de la salvación como un acontecimiento solo del pasado. Dice que, reconciliados ya con Dios por la muerte de su Hijo, "nos gloriamos en Dios por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación" (Romanos 5:11). La salvación es una realidad presente. El amor de Dios nos alcanza aquí y ahora, en esta Eucaristía, en esta vida.
Volvamos ahora a la primera lectura, al libro del Éxodo. Dios habla a Moisés en el monte Sinaí y le dice estas palabras hermosas sobre su pueblo: "Los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí" (Éxodo 19:4). Qué imagen tan tierna. El águila que enseña a volar a sus polluelos, que los sostiene cuando caen, que los lleva sobre sus alas. Así nos lleva Dios a nosotros. No nos abandona en el desierto de la vida. Nos sostiene, nos guía, nos eleva hacia Él.
Y luego viene la promesa: "Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa" (Éxodo 19:6). Hermanos, esto no era solo para el pueblo de Israel. Es también para nosotros. Por el Bautismo, todos hemos sido constituidos en pueblo sacerdotal, nación santa, propiedad de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que los bautizados participan del sacerdocio común de los fieles, llamados a ofrecer nuestra vida entera como ofrenda agradable a Dios.
Pero hay un detalle que no podemos pasar por alto. El amor de Dios, su compasión, no termina en un sentimiento. Se convierte en misión. Después de compadecerse de las multitudes, Jesús dice a sus discípulos: "La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies" (Mateo 9:37-38).
Y entonces sucede algo notable. Apenas Jesús pide que recen para que el Señor envíe trabajadores, inmediatamente Él mismo llama a los Doce y los envía. Es como si la respuesta a la oración fuéramos nosotros mismos. Cuando pedimos a Dios que envíe obreros a su mies, debemos estar dispuestos a ser nosotros esos obreros.
Jesús llama a los Doce por su nombre, uno por uno. Pedro, Andrés, Santiago, Juan... gente común, pescadores, un cobrador de impuestos. No eran los más sabios ni los más poderosos. Pero Cristo los eligió, los formó y los envió. Y a cada uno de nosotros nos llama también por nuestro nombre, tal como somos, con nuestras debilidades y limitaciones.
Y fíjense en lo que les manda: "Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos, expulsen a los demonios. Gratuitamente lo recibieron, denlo gratuitamente" (Mateo 10:8). "Gratuitamente lo recibieron, denlo gratuitamente". Qué frase tan luminosa. Todo lo que tenemos lo hemos recibido como regalo. La fe, el amor, la salvación, la misericordia. Nada lo hemos merecido. Y por eso, así como lo recibimos gratis, debemos darlo gratis.
Hermanos y hermanas, ¿qué nos pide hoy el Señor? Nos pide tres cosas que están unidas. Primero, dejarnos amar. Permitir que esa compasión de Cristo nos alcance, reconocer que somos las ovejas cansadas que Él busca, los pecadores por quienes murió. Segundo, dejarnos transformar por ese amor, sabiéndonos pueblo santo, propiedad de Dios. Y tercero, dejarnos enviar, convertirnos nosotros mismos en obreros de la mies, llevando a otros la compasión que hemos recibido.
¿Y cómo podemos vivir esto concretamente esta semana? Tal vez haya cerca de nosotros alguien que está extenuado y abandonado, como esas ovejas sin pastor. Quizás un familiar que sufre, un vecino que está solo, un compañero de trabajo que atraviesa una crisis. Seamos para ellos signo de la compasión de Cristo. Una palabra de aliento, una visita, un gesto de perdón, una ayuda concreta. Así seremos los obreros que el Señor envía a su mies.
Queridos amigos, dentro de unos momentos celebraremos la Eucaristía. Y aquí está la cumbre de todo lo que hemos meditado. En este altar, Cristo vuelve a entregarse por nosotros, los mismos que todavía somos pecadores. Aquí se hace presente aquel amor que nos llevó sobre alas de águila, aquella sangre derramada por nuestra reconciliación. Al recibir su Cuerpo y su Sangre, recibimos gratuitamente el don más grande.
Y entonces, fortalecidos por este Pan del cielo, salgamos de aquí no como ovejas dispersas, sino como discípulos enviados. Que cada comunión nos haga más compasivos, más santos, más dispuestos a dar gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido.
Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia y modelo de toda misión, nos ayude a responder con generosidad al llamado de su Hijo. Amén.
Fuentes Consultadas: - San Agustín, Comentarios al Evangelio de San Juan y Sermones - Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea sobre el Evangelio de San Mateo - Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 783-786, sobre el pueblo sacerdotal) - Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium - Papa Benedicto XVI, Jesús de Nazaret - The Navarre Bible Commentary, Evangelio de San Mateo - Biblia de Jerusalén y NABRE, notas exegéticas a Éxodo 19 y Romanos 5