Recurso católico en español

Homilía Dominical

Una homilía dominical clara, estructurada en torno a las lecturas de la misa y pensada para ayudar a sacerdotes, diáconos, catequistas y fieles a preparar el domingo con profundidad.

domingo, 25 de octubre de 2026

Domingo XXX del Tiempo Ordinario

Lecturas del domingo

Primera lectura
Éxodo 22, 20-26
Segunda lectura
1 Tesalonicenses 1, 5c-10
Evangelio
Mateo 22, 34-40

El manto devuelto antes del atardecer

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Hay en la primera lectura de hoy un detalle pequeño, casi escondido, que quisiera poner delante de ustedes. Dice el libro del Éxodo: "Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque es lo único que tiene para cubrirse. ¿Con qué va a dormir? Si él clama a mí, yo lo escucharé, porque soy compasivo".

Imaginemos la escena. Un hombre pobre necesita dinero y no tiene nada que ofrecer como garantía, salvo su manto. Durante el día puede pasar sin él. Pero cuando cae la noche en el desierto, el frío es implacable, y ese manto es su cobija, su única protección. Dios no se queda en principios generales. Dios piensa en la noche de ese hombre, en su frío, en su temblor. Dios se preocupa por si ese pobre podrá dormir.

Este es el Dios que nos habla hoy. No un Dios lejano y distraído, sino un Dios que se fija en el forastero, en la viuda, en el huérfano, en el que tiene que empeñar lo poco que tiene. Y lo dice con una frase que debería conmovernos: "Soy compasivo". Su ley nace de su corazón.

Con esta imagen en el alma, llegamos al Evangelio. Un fariseo, experto en la Ley, se acerca a Jesús para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?". No era una pregunta inocente. Los maestros de aquel tiempo contaban seiscientos trece preceptos en la Ley de Moisés, y discutían sin fin sobre cuál pesaba más.

Jesús responde citando el Deuteronomio: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente". Pero nadie le había preguntado por un segundo mandamiento, y él lo añade de todos modos: "El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Y concluye: "De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los profetas".

Fíjense en esa palabra: "semejante". Jesús no dice que el amor al prójimo sea un asunto aparte, un apéndice opcional para los más generosos. Dice que es semejante al primero, que está unido a él, que juntos sostienen todo lo demás. Como dos bisagras de una misma puerta: si falta una, la puerta no se abre.

Mis queridos amigos, aquí está el centro de lo que la Palabra nos dice hoy: no se puede amar a Dios de verdad sin que ese amor se convierta en cuidado concreto del prójimo, y no se puede amar plenamente al prójimo sin que ese amor brote de Dios. El manto devuelto antes del atardecer es el amor a Dios hecho gesto.

El Catecismo de la Iglesia Católica lo enseña con claridad cuando dice que los Diez Mandamientos deben interpretarse a la luz de este doble y único mandamiento de la caridad, que es la plenitud de la Ley. Y el apóstol san Juan, con su estilo directo, nos lo recuerda: quien dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su hermano, a quien ve, es un mentiroso.

El Papa Benedicto XVI, en su encíclica Dios es amor, escribió que cerrar los ojos ante el prójimo nos vuelve ciegos también ante Dios. Qué palabras tan fuertes. Cuando dejamos de ver al que sufre a nuestro lado, algo se apaga también en nuestra oración. Nuestra fe se vuelve teoría, costumbre, o peor aún, una forma de sentirnos mejores que los demás.

Pero también es verdad lo contrario. A veces pensamos que basta con ser "buena gente", sin necesidad de Dios. Sin embargo, nuestro amor humano, por sincero que sea, se cansa, se agota, se vuelve selectivo. Amamos a los que nos aman, a los que nos caen bien, a los que nos agradecen. Solo cuando bebemos del amor de Dios podemos amar al que no nos conviene, al extranjero, al que no puede devolvernos nada. Por eso el primer mandamiento va primero: es la fuente de donde mana el segundo.

San Agustín resumió todo esto en una frase famosa: "Ama y haz lo que quieras". No quería decir que todo está permitido. Quería decir que, cuando el corazón está verdaderamente lleno del amor de Dios, ese amor sabrá encontrar el camino correcto: a veces corrigiendo, a veces perdonando, a veces simplemente devolviendo el manto antes de que caiga la noche.

Hermanos, ¿quiénes son hoy los forasteros, las viudas y los huérfanos de los que habla el Éxodo? Son los migrantes que llegan a nuestras ciudades con miedo y sin papeles. Son los ancianos que pasan días enteros sin que nadie los llame. Son los niños que crecen sin la presencia de un padre o una madre. Son quienes viven endeudados, ahogados por intereses que nunca terminan de pagar. Dios dice de cada uno de ellos: "Si clama a mí, yo lo escucharé".

Y aquí está la pregunta que nos hace la Palabra: ¿quiere Dios escuchar ese clamor a través de nosotros? Muchas veces, la respuesta de Dios al grito del pobre tiene nuestras manos, nuestra voz, nuestro tiempo.

San Pablo nos ofrece en la segunda lectura un testimonio hermoso. Los cristianos de Tesalónica, dice, se habían convertido "dejando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero". Y su fe se había hecho tan visible que se hablaba de ella en toda Macedonia y Acaya. No hacía falta que Pablo dijera nada: su vida predicaba por ellos.

También nosotros tenemos ídolos que nos impiden amar: la comodidad, el dinero, la prisa, la indiferencia, la pantalla que nos absorbe mientras alguien a nuestro lado necesita ser escuchado. Convertirse es dejar esos ídolos para servir al Dios vivo. Y al Dios vivo se le sirve, de manera muy concreta, en el hermano que tenemos delante.

Queridos amigos, no se trata de cambiar el mundo de un día para otro. Se trata de devolver un manto. Por eso quisiera proponerles algo sencillo para esta semana. Cada noche, antes de dormir, hagan esta pregunta delante de Dios: "¿Hoy, a quién le devolví el manto?". ¿A quién le ofrecí abrigo, una palabra, una visita, un perdón, una ayuda que necesitaba? Y si la respuesta es "a nadie", no se desanimen. Pidan al Señor que mañana les abra los ojos para ver a uno solo. Uno solo basta para empezar.

Ahora vamos a pasar a la Liturgia de la Eucaristía. Aquí se cumple de la manera más profunda todo lo que hemos escuchado. En el altar, Jesús se entrega entero al Padre, con todo su corazón, su alma y su mente. Y al mismo tiempo se entrega entero por nosotros, hasta dar la vida. En la cruz se unen para siempre los dos mandamientos: el amor total a Dios y el amor total a los hermanos.

Cuando recibamos su Cuerpo, recibimos ese mismo amor. No lo guardemos para nosotros. Como el manto que Dios nos devuelve cada día, aunque no lo merezcamos, llevémoslo afuera para cubrir a quien tiene frío.

Que el Señor, que es compasivo, nos haga compasivos como Él. Que al salir de esta Misa nuestra fe se note, como la de los tesalonicenses, no por lo que decimos, sino por la manera en que amamos. Amén.

Fuentes consultadas

- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2052-2055, 2196, 2443-2449 - Benedicto XVI, Encíclica *Deus Caritas Est* (2005), nn. 15-18 - San Agustín, *Tratados sobre la Primera Carta de san Juan*, Tratado 7, 8 - San Gregorio Magno, *Regla Pastoral*, III, 21 - Santo Tomás de Aquino, *Catena Aurea*, comentario a Mateo 22 - Papa Francisco, Exhortación Apostólica *Evangelii Gaudium*, nn. 177-180 - *Comentario Bíblico Jerónimo* (Mateo y Éxodo) - Biblia NABRE, notas al pie sobre Éxodo 22 y Mateo 22 (USCCB)

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