domingo, 22 de febrero de 2026

FIRST SUNDAY OF LENT

📜 Lecturas de Hoy

Primera Lectura
Genesis 2:7-9; 3:1-7
Evangelio
Matthew 4:1-11

Hermanos y hermanas:

Hoy, en este Primer Domingo de Cuaresma, la Iglesia nos coloca ante dos escenas que parecen opuestas, pero que en realidad están profundamente unidas: el Jardín del Edén y el desierto de Judea. En el Jardín, nuestros primeros padres, Adán y Eva, cedieron a la tentación. En el desierto, Jesucristo, el Nuevo Adán, venció al tentador. Entre estos dos momentos se encuentra toda la historia de la salvación, y también se encuentra cada uno de nosotros.

Contemplemos primero el Jardín. Dios había creado a Adán del polvo de la tierra y sopló en él el aliento de vida. Lo colocó en un paraíso de abundancia, donde cada árbol era hermoso a la vista y bueno para comer. Había una sola prohibición: no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. Esta prohibición no era un capricho divino, sino un límite amoroso, una frontera que protegía la relación de confianza entre Dios y el ser humano.

Pero llegó la serpiente, "el más astuto de todos los animales del campo," y comenzó con una pregunta aparentemente inocente: "¿Conque Dios les ha dicho que no coman de ningún árbol del jardín?" Hermanos, aquí vemos la táctica del demonio: distorsionar la Palabra de Dios, hacernos dudar de su bondad. Eva responde, pero ya está en la trampa del diálogo con el tentador. La serpiente entonces niega directamente la advertencia de Dios: "No morirán. Dios sabe muy bien que el día que coman de él, se les abrirán los ojos y serán como dioses."

Fíjense en la mentira fundamental: "Serán como dioses." El pecado original no fue simplemente comer una fruta prohibida; fue el deseo de ser como Dios sin Dios, de decidir por nosotros mismos qué es bueno y qué es malo, de colocarnos en el centro donde solo Dios debe estar. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, "el hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su Creador y quiso ser como Dios, pero sin Dios."

Eva vio que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para adquirir sabiduría. Tomó del fruto, comió y le dio a su marido. Y entonces, "se les abrieron los ojos" — pero no para ver la gloria prometida, sino para ver su propia desnudez, su vulnerabilidad, su vergüenza. El pecado no nos libera; nos esclaviza. No nos abre los ojos a la verdad; nos ciega con la mentira.

Ahora avancemos rápidamente a través de siglos de historia de salvación hasta el desierto de Judea. Jesús, recién bautizado en el Jordán donde el Padre proclamó: "Este es mi Hijo amado," es conducido por el Espíritu Santo al desierto. Allí ayuna durante cuarenta días y cuarenta noches. Los cuarenta días nos recuerdan los cuarenta años que Israel vagó por el desierto, siendo probado una y otra vez, y fallando una y otra vez.

Pero Jesús es el verdadero Israel. Él es el Hijo obediente. Y cuando el demonio se le acerca, hambriento y vulnerable físicamente, comienza el combate espiritual.

La primera tentación: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes." Es la tentación de la satisfacción inmediata, de usar el poder de Dios para el propio confort, de reducir la vida a lo material. Jesús responde con la Escritura: "No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios." Hay realidades más importantes que el pan, más profundas que nuestras necesidades físicas. Necesitamos a Dios mismo.

La segunda tentación: "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo," desde el pináculo del templo. Es la tentación del espectáculo religioso, de la vanidad espiritual, de poner a Dios a prueba. Jesús responde: "No tentarás al Señor, tu Dios." La fe verdadera confía en Dios sin exigir señales y prodigios.

La tercera tentación: el demonio le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, prometiendo: "Todo esto te daré si te postras y me adoras." Es la tentación del poder, de la gloria mundana, del atajo que evita la cruz. Jesús responde con firmeza: "Apártate, Satanás, porque está escrito: 'Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.'"

Hermanos y hermanas, ¿ven el contraste? Donde Adán y Eva cayeron, Cristo venció. Donde nuestros primeros padres desconfiaron de Dios, Jesús confió plenamente. Donde ellos buscaron ser como Dios sin Dios, Jesús, siendo Dios, se hizo obediente hasta la muerte en una cruz. Como nos enseña San Pablo en la segunda lectura, "por la desobediencia de uno solo, todos se convirtieron en pecadores; así por la obediencia de uno solo, todos se convertirán en justos."

¿Y nosotros? Estamos en medio de esta historia. Llevamos en nosotros las heridas del pecado original — esa inclinación al mal que los Padres de la Iglesia llamaron "concupiscencia" — pero también llevamos en nosotros, por nuestro bautismo, la vida nueva de Cristo. Somos hijos de Adán, sí, pero también somos hijos de Dios en Cristo Jesús.

La Cuaresma es nuestro desierto. Durante estos cuarenta días, la Iglesia nos invita a unirnos al misterio de Jesús en el desierto. No estamos llamados a huir de las tentaciones — eso es imposible en este mundo — sino a aprender de Cristo cómo vencerlas. Y Él nos enseña tres armas fundamentales:

Primera, la Palabra de Dios. Noten que Jesús responde a cada tentación con la Escritura. No con su propia opinión, no con argumentos humanos, sino con la Palabra de Dios. Cuando conocemos la Escritura, cuando la meditamos, cuando la guardamos en nuestro corazón, tenemos la espada del Espíritu para combatir al enemigo.

Segunda, el ayuno. Jesús ayunó cuarenta días. El ayuno no es solo abstenerse de comida; es un acto de confianza en Dios, una forma de decir: "Tú eres más importante que mi comodidad, más necesario que mi satisfacción inmediata." El ayuno nos libera de la esclavitud de nuestros apetitos desordenados.

Tercera, la oración. Jesús pasó esos cuarenta días en comunión íntima con el Padre. La oración nos mantiene anclados en la realidad de quiénes somos: criaturas amadas por Dios, no dioses en miniatura. La oración nos da la humildad para reconocer nuestra necesidad y la confianza para acudir al Padre.

Pero hay algo más, hermanos. No enfrentamos estas tentaciones solos. Cristo, que fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado, es ahora nuestro Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras debilidades. Él conoce la lucha. Él peleó la batalla y ganó. Y ahora, a través de los sacramentos, especialmente la Eucaristía que vamos a celebrar en unos momentos, y el sacramento de la Reconciliación, Él nos da su propia fuerza para vencer.

Cuando nos acercamos a recibir el Cuerpo de Cristo en la Eucaristía, recibimos al que venció al tentador. Recibimos al Nuevo Adán que restaura lo que el primer Adán destruyó. Este Pan del Cielo es el verdadero fruto del árbol de la vida, que nos da la vida eterna.

Hermanos y hermanas, en este tiempo de Cuaresma, examinemos nuestras propias tentaciones. ¿Cuáles son nuestros árboles prohibidos? ¿Dónde escuchamos la voz de la serpiente que nos dice: "Serás como Dios"? ¿Dónde buscamos satisfacción inmediata en lugar de confiar en la providencia de Dios? ¿Dónde ponemos a Dios a prueba en lugar de confiar en Él? ¿Dónde adoramos los ídolos del poder, el placer o la posesión en lugar de adorar al único Dios verdadero?

No tengamos miedo de reconocer nuestras debilidades. La tentación no es pecado; solo el consentimiento lo es. Como dice el Catecismo, debemos "discernir entre ser tentados y consentir a la tentación." Cada tentación es una oportunidad para crecer en virtud, para demostrar nuestro amor a Dios eligiendo su voluntad sobre la nuestra.

La Cuaresma no es un tiempo de tristeza, sino de esperanza. Es un tiempo para recordar que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Es un tiempo para prepararnos para la Pascua, cuando celebraremos la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado y la muerte. Es un tiempo para decir con Cristo: "Apártate, Satanás," y con toda nuestra vida proclamar: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto."

Que María, la Nueva Eva que dijo "sí" donde Eva dijo "no," nos acompañe en este camino cuaresmal. Que ella, que aplastó la cabeza de la serpiente con su humildad, nos enseñe a confiar en Dios y a vencer toda tentación con la gracia de su Hijo.

Amén.

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Fuentes Consultadas:

1. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 385-421 (sobre el pecado original y la caída), 538-540 (sobre las tentaciones de Cristo) 2. San Ireneo de Lyon, *Adversus Haereses* (sobre Cristo como Nuevo Adán) 3. San Agustín de Hipona, *De Civitate Dei* (sobre las dos ciudades y el pecado original) 4. Santo Tomás de Aquino, *Summa Theologiae* (sobre la tentación y el pecado) 5. Comentarios patrísticos sobre Génesis 3 (San Juan Crisóstomo, Teodoreto de Ciro, Dídimo de Alejandría) 6. Papa Francisco, Homilías sobre la tentación y la Cuaresma 7. Papa Benedicto XVI, *Jesús de Nazaret* (sobre las tentaciones de Cristo) 8. Liturgia y lecturas del Primer Domingo de Cuaresma, Ciclo A

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