Lecturas del domingo
Una multitud que nadie podía contar
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Hoy la Iglesia nos invita a levantar la mirada. El libro del Apocalipsis nos abre una ventana al cielo, y lo que vemos nos deja sin aliento: "una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua", de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas y con palmas en las manos.
Fíjense bien en esa frase: que nadie podía contar. No es un pequeño club de héroes espirituales. No son sólo los santos de los vitrales, de las estatuas o de los nombres que aparecen en el calendario. Es una multitud incontable. Y en esa multitud, queridos amigos, hay rostros que nosotros conocemos.
Pensemos un momento. Quizás una abuela que rezaba el rosario cada noche con las manos gastadas por el trabajo. Un padre que se levantaba antes del amanecer para sostener a su familia sin quejarse. Una vecina que visitaba a los enfermos cuando nadie la veía. Ellos no tienen fiesta propia en el calendario, pero la Iglesia, en este día, los celebra a todos. La solemnidad de Todos los Santos es la fiesta de los santos conocidos y, sobre todo, de los santos anónimos.
El Papa Francisco, en su exhortación Gaudete et exsultate, los llamó con una expresión muy hermosa: "los santos de la puerta de al lado". Son aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios. Y esto nos lleva a la gran verdad de este día, que es a la vez un consuelo y un desafío: la santidad no es para unos pocos. Es para ti. Es para mí.
El Catecismo de la Iglesia Católica lo enseña con claridad: "Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad". No dice "algunos", no dice "los sacerdotes y las religiosas". Dice todos. La santidad no es un lujo espiritual; es la vocación de cada bautizado.
Pero, hermanos, alguien podría pensar: "Padre, usted no me conoce. Yo tengo demasiadas caídas, demasiados defectos. La santidad no es para alguien como yo". Escuchemos entonces lo que uno de los ancianos le pregunta a Juan en la visión: "¿Quiénes son esos que están vestidos de blanco, y de dónde han venido?". Y la respuesta es extraordinaria: "Son los que han pasado por la gran tribulación y han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero".
Detengámonos aquí. Sus túnicas no eran blancas desde el principio. Estaban manchadas, como las nuestras. Los santos no son personas que nunca pecaron; son pecadores que se dejaron lavar. Su blancura no viene de su propio esfuerzo, sino de la sangre de Cristo. La santidad, antes que una conquista nuestra, es un regalo que se recibe. Es misericordia aceptada una y otra vez.
Por eso la segunda lectura comienza con un grito de asombro: "Miren qué amor tan grande nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos". Ahí está la raíz de toda santidad. No empezamos por ser buenos para que Dios nos ame; Dios nos ama primero, nos hace sus hijos en el Bautismo, y desde ese amor comenzamos a parecernos a Él.
San Juan añade algo que debería llenarnos de esperanza: "Todavía no se ha manifestado cómo seremos al fin. Y ya sabemos que, cuando Él se manifieste, vamos a ser semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es". Lo que hoy contemplamos en los santos es nuestro propio futuro. Ellos son lo que nosotros estamos llamados a ser.
Ahora bien, ¿cómo se recorre ese camino? Jesús nos lo dice en el Evangelio. Sube al monte, se sienta, como un maestro, y proclama las Bienaventuranzas. Dichosos los pobres de espíritu, los que lloran, los sufridos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos.
El Papa Benedicto XVI nos regaló una clave preciosa para leer este pasaje. Decía que las Bienaventuranzas son como una biografía escondida de Jesús, un retrato de su rostro. Porque ¿quién es el verdaderamente pobre de espíritu, el manso, el misericordioso, el limpio de corazón, el que fue perseguido por causa de la justicia? Es Cristo mismo. Las Bienaventuranzas no son un reglamento frío; son el rostro de Jesús. Y ser santo es, sencillamente, dejar que ese rostro se dibuje en el nuestro.
Por eso Francisco decía que las Bienaventuranzas son "como el carnet de identidad del cristiano". Si alguien nos pregunta cómo se hace para ser un buen cristiano, la respuesta está aquí. No en cosas extraordinarias, sino en lo cotidiano vivido con amor: en el perdón que cuesta, en la paciencia con un familiar difícil, en la honestidad en el trabajo, en las lágrimas ofrecidas a Dios en medio del dolor.
Queridos amigos, fíjense también que Jesús llama "dichosos" a los que lloran y a los perseguidos. Es una paradoja. La felicidad que Él promete no es la ausencia de sufrimiento, sino la presencia de Dios en medio de él. Los santos del Apocalipsis vienen "de la gran tribulación". No escaparon de la cruz; la atravesaron con Cristo. Y ahora gozan de una alegría que nadie les podrá quitar.
San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia, predicando en esta misma fiesta, se preguntaba para qué sirve honrar a los santos. Y respondía que ellos no necesitan nuestros honores. Somos nosotros quienes los necesitamos. Decía que, al recordarlos, se encendía en su corazón un deseo ardiente de estar con ellos. Eso es lo que esta fiesta quiere hacer en nosotros: despertar el deseo del cielo.
Porque, hermanos, hay que decirlo con sencillez: fuimos hechos para el cielo. Vivimos muchas veces tan ocupados, tan preocupados, que olvidamos hacia dónde vamos. Esta fiesta nos recuerda nuestra verdadera patria, y nos recuerda que no caminamos solos. Esa multitud incontable intercede por nosotros. Es la comunión de los santos que profesamos cada domingo en el Credo.
Y esa comunión se hace más real que nunca aquí, en el altar. Dentro de unos momentos, cuando el sacerdote diga "Santo, Santo, Santo", no cantaremos solos. Uniremos nuestras voces a las de los ángeles y de todos los santos. El cielo y la tierra se tocan. Y luego recibiremos al mismo Cordero que contemplan los bienaventurados, el Cordero cuya sangre lava nuestras túnicas. La Eucaristía es el alimento de los santos; es la fuerza para el camino.
Entonces, ¿qué podemos hacer esta semana? Les propongo algo concreto. Elijan una sola Bienaventuranza, la que más les cueste, y pídanle a Jesús en la comunión de hoy la gracia de vivirla. Si es la misericordia, perdonen a alguien. Si es la paz, reconcilien una relación rota. Si es la limpieza de corazón, acérquense al sacramento de la Reconciliación y dejen que Cristo lave su túnica.
Y piensen también en esos santos de la puerta de al lado que ya partieron: un padre, una madre, un amigo. Denle gracias a Dios por ellos, y pídanles que intercedan por ustedes.
Hermanos y hermanas, la multitud que nadie podía contar todavía tiene lugar. Hay una túnica blanca esperándote. No porque seas perfecto, sino porque eres amado. Que el Señor nos conceda la gracia de dejarnos lavar, de dejarnos amar y, un día, de estar entre ellos, cantando para siempre la gloria del Cordero. Amén.
Fuentes consultadas
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 946-962 (comunión de los santos), 1716-1729 (las Bienaventuranzas) y 2013 (llamada universal a la santidad). vatican.va
- Papa Francisco, Exhortación apostólica Gaudete et exsultate (2018), nn. 6-7 y 63-94. vatican.va
- Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, capítulo V (Universal vocación a la santidad) y capítulo VII.
- Joseph Ratzinger / Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, vol. I, capítulo 4: "El Sermón de la Montaña".
- San Bernardo de Claraval, Sermón 2 en la Solemnidad de Todos los Santos (Liturgia de las Horas, Oficio de Lectura, 1 de noviembre).
- San Agustín, El Sermón de la Montaña (De sermone Domini in monte), Libro I.
- Papa Francisco, Ángelus en la Solemnidad de Todos los Santos (2014 y 2020). vatican.va
- Comentario Bíblico San Jerónimo* (Nuevo Testamento): Apocalipsis 7, 1 Juan 3 y Mateo 5.
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