Lecturas del domingo
Queridos hermanos y hermanas en Cristo.
Hoy comenzamos la semana más sagrada y solemne de todo nuestro año litúrgico.
Iniciamos esta celebración con cantos de profunda alegría, agitando ramas de palma y aclamando a nuestro Rey.
Gritamos junto con la multitud en las calles de Jerusalén, diciendo "Hosanna al Hijo de David".
Sin embargo, en cuestión de minutos, la atmósfera de nuestra liturgia cambia drásticamente ante nuestros propios ojos.
Pasamos rápidamente de la luz brillante y el triunfo a la oscuridad de la traición, el sufrimiento y la muerte.
Las mismas voces que aclamaban a Jesús como su verdadero Rey pronto se unen al violento grito de "Crucifícalo".
Mis queridos amigos, este agudo contraste no es un error en la estructura de nuestra liturgia.
Es, de hecho, un reflejo profundo y sumamente doloroso de la realidad del corazón humano inconstante.
La Iglesia, en su sabiduría, nos invita hoy a mirar atentamente el espejo de la Pasión de nuestro Señor.
Nos pide que nos reconozcamos en las diversas personas que rodearon a Jesús en sus últimas horas en la tierra.
En el extenso relato del Evangelio de San Mateo que acabamos de escuchar, vemos muchas reacciones diferentes ante Cristo.
Contemplamos primero la tragedia de Judas Iscariote, un hombre que caminó íntimamente con el Señor durante años.
Judas permite que la oscuridad de la codicia y la decepción envenenen lentamente su corazón.
Él traiciona al Hijo de Dios con un beso, vendiéndolo por treinta monedas de plata, que era el precio exacto de un esclavo.
Luego vemos a Pedro, el líder de los apóstoles y la roca sobre la cual se construiría la Iglesia.
A pesar de sus buenas intenciones y sus fuertes protestas de lealtad, Pedro cede rápidamente ante el miedo humano.
Para salvarse a sí mismo, niega conocer a su mejor amigo, llorando amargamente después cuando canta el gallo.
También observamos a Poncio Pilato, un líder poderoso que reconoce claramente la completa inocencia de Jesús.
Pero Pilato elige cobardemente lavar sus manos ante la multitud enfurecida.
Él prefiere la comodidad política y mantener la paz pública en lugar de defender la verdad y la justicia.
Hermanos y hermanas, ante estos personajes debemos hacernos una pregunta muy incómoda pero absolutamente necesaria.
¿Dónde estamos nosotros en esta dramática historia de la Pasión de Cristo?
A veces, debemos admitir, somos exactamente como esa multitud inconstante de Jerusalén.
Alabamos a Dios con entusiasmo los domingos cuando nos sentimos bien y la vida es fácil.
Pero rápidamente lo abandonamos durante la semana cuando nuestra fe exige algún sacrificio, valentía o testimonio público.
A veces somos como Pedro, haciendo grandes y nobles promesas a Dios en nuestros momentos de fervor espiritual.
Pero fracasamos miserablemente en los momentos de tentación, negando nuestra fe con nuestras acciones y decisiones diarias.
A veces somos como Pilato, ignorando las injusticias a nuestro alrededor porque es mucho más fácil seguir a la multitud.
Preferimos lavar nuestras manos ante el sufrimiento de los demás en lugar de involucrarnos y ayudar a los necesitados.
Pero en medio de toda esta debilidad y cobardía humana, resalta espléndidamente la figura majestuosa de nuestro Señor Jesús.
En la primera lectura de hoy, el profeta Isaías nos describe con gran detalle la figura del Siervo Sufriente.
Este siervo misterioso declara: "Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a los que me arrancaban la barba".
Jesús es el cumplimiento perfecto y literal de esta antigua y conmovedora profecía del Antiguo Testamento.
Él no oculta su rostro sagrado de los insultos, las burlas crueles y los escupitajos de los soldados.
Él acepta todo este terrible sufrimiento de manera voluntaria, motivado únicamente por un amor incomprensible a cada uno de nosotros.
El Papa Benedicto XVI enseñó hermosamente que en el Domingo de Ramos contemplamos la paradoja del verdadero poder de Dios.
El verdadero poder divino no se muestra en la dominación, la fuerza militar o el aplastamiento de los enemigos.
Se muestra en el amor humilde que desciende hasta lo más bajo y sufre solidariamente con nosotros.
Jesús, siendo el creador del universo, no usa su divinidad para destruir a sus verdugos o escapar del dolor físico.
Al contrario, usa su poder infinito para absorber en sí mismo todo el odio, la violencia y el pecado del mundo.
San Pablo, en nuestra segunda lectura a los Filipenses, nos regala una de las enseñanzas cristológicas más hermosas de la Biblia.
Nos recuerda que Cristo, a pesar de ser verdadero Dios, no consideró su igualdad con Dios como algo a qué aferrarse con egoísmo.
En cambio, se vació totalmente a sí mismo, tomando voluntariamente la condición de esclavo para salvarnos.
Este profundo vaciamiento divino, que la teología de la Iglesia llama "kenosis", es verdaderamente el corazón de nuestro misterio pascual.
El Rey Supremo del Universo permite ser juzgado, condenado y maltratado por sus propias criaturas rebeldes.
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