Homilía dominical católica

Homilía del Domingo VI del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Preparada para el 15 de febrero de 2026. El leccionario dominical se repite cada tres años (ciclos A, B y C): cada homilía vuelve a ser útil cuando regresa este domingo.

Lecturas del domingo

Primera lectura
Sirácida 15, 15-20
Segunda lectura
1 Corintios 2, 6-10
Evangelio
Mt 5:17-37

Hermanos y hermanas, hoy las lecturas nos colocan ante una de las verdades más fundamentales y desafiantes de nuestra fe: somos libres. Libres para elegir. Libres para amar o rechazar. Libres para acercarnos a Dios o alejarnos de Él. Y con esa libertad viene una responsabilidad tremenda.

En la primera lectura, el libro del Eclesiástico nos presenta esta verdad con una claridad cristalina: "Si quieres, puedes guardar los mandamientos". Dios no nos obliga. No nos manipula. No nos programa como robots. Desde el principio, cuando nos creó a su imagen y semejanza, nos dotó con el don maravilloso y terrible del libre albedrío. Ante nosotros están el fuego y el agua, la vida y la muerte, el bien y el mal. Y cada día, con cada decisión, extendemos nuestra mano hacia uno u otro.

Esta libertad es un regalo inmenso de amor. Dios nos ama tanto que no quiere forzarnos a amarlo. El amor verdadero no se puede imponer; debe ser libre, debe ser elegido. Como dice San Juan Pablo II en su encíclica Veritatis Splendor, citando precisamente este pasaje del Eclesiástico, la libertad genuina es "una manifestación excepcional de la imagen divina" en el ser humano.

Pero aquí viene la pregunta que nos inquieta: si somos tan libres, ¿por qué es tan difícil hacer lo correcto? ¿Por qué fallamos una y otra vez? San Pablo nos da la respuesta en la segunda lectura de hoy: porque necesitamos la sabiduría de Dios. No la sabiduría de este mundo, no la filosofía humana, sino la sabiduría misteriosa y escondida que Dios reveló en Cristo crucificado.

Esta sabiduría divina, nos dice Pablo, es algo que "ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón humano imaginó". Es una sabiduría que solo puede ser revelada por el Espíritu Santo, porque solo el Espíritu conoce las profundidades de Dios. Y esta sabiduría nos enseña que nuestra libertad no es para hacer lo que nos plazca, sino para elegir el amor, para elegir la vida, para elegir a Dios.

Y aquí llegamos al Evangelio de hoy, donde Jesús nos muestra qué significa realmente vivir esta libertad de manera plena. Jesús no vino a abolir la ley, sino a cumplirla, a llevarla a su plenitud. Y lo que nos enseña es radical: no basta con no matar; debemos erradicar la ira de nuestro corazón. No basta con no cometer adulterio; debemos purificar nuestros deseos. No basta con cumplir los juramentos; nuestra palabra debe ser tan confiable que no necesitemos jurar.

Lo que Jesús nos está diciendo es que la verdadera justicia, la justicia que supera la de los escribas y fariseos, no es simplemente externa. No se trata solo de cumplir una lista de reglas. Se trata de una transformación interior, de un corazón convertido, de una libertad que elige el bien no por obligación sino por amor.

Pensemos en el mandamiento "no matarás". Es fácil decir: "Yo nunca he matado a nadie". Pero Jesús va más allá. Nos dice que quien se enoja con su hermano, quien lo insulta, quien alberga resentimiento en su corazón, ya está violando el espíritu de ese mandamiento. Porque el asesinato comienza con la ira, con el desprecio, con la deshumanización del otro.

¿Cuántas veces hemos matado a alguien con nuestras palabras? ¿Cuántas veces hemos asesinado la reputación de alguien con un chisme? ¿Cuántas veces hemos destruido relaciones con nuestro enojo no perdonado? Jesús nos está llamando a ir a la raíz del problema, a purificar nuestro corazón.

Lo mismo ocurre con la pureza. No basta con no cometer adulterio físicamente. Jesús nos dice que quien mira a una mujer con deseo impuro ya ha cometido adulterio en su corazón. ¿Por qué es tan radical? Porque Jesús sabe que nuestras acciones externas son el fruto de lo que cultivamos en nuestro interior. Si permitimos que crezcan las malas hierbas del deseo desordenado en nuestro corazón, eventualmente producirán frutos de pecado en nuestras acciones.

Y sobre el matrimonio, Jesús es clarísimo: Dios no quiere el divorcio. Desde el principio, Dios creó al hombre y a la mujer para que fueran una sola carne, unidos para siempre en un amor exclusivo y fiel. El matrimonio no es un contrato que se puede romper cuando ya no nos conviene. Es un sacramento, un signo del amor inquebrantable de Cristo por su Iglesia.

Finalmente, Jesús nos habla sobre la verdad en nuestras palabras. En un mundo donde la mentira se ha vuelto tan común, donde las personas juran y perjuran sin importarles, Jesús nos llama a ser personas de palabra. "Que su sí sea sí, y su no sea no". Nuestra palabra debe ser tan confiable que no necesitemos invocar a Dios como testigo. Cuando decimos algo, debe ser verdad. Punto.

Hermanos y hermanas, este Evangelio es exigente. Muy exigente. Podríamos sentirnos abrumados. Podríamos pensar: "Es imposible vivir así". Y tendrían razón... si dependiera solo de nuestras fuerzas. Pero aquí es donde volvemos a la segunda lectura. Necesitamos la sabiduría de Dios. Necesitamos su gracia. Necesitamos al Espíritu Santo.

San Agustín, en su obra sobre la gracia y el libre albedrío, reflexionando precisamente sobre este pasaje del Eclesiástico que dice "si quieres, puedes guardar los mandamientos", nos enseña algo profundo: nuestra voluntad es libre, sí, pero está herida por el pecado. Necesitamos la gracia de Dios para querer plenamente el bien y para poder realizarlo. La gracia no destruye nuestra libertad; la perfecciona, la sana, la eleva.

¿Qué significa esto prácticamente? Significa que cada día debemos elegir conscientemente abrir nuestro corazón a la acción del Espíritu Santo. Significa que debemos frecuentar los sacramentos, especialmente la Eucaristía y la Confesión, donde recibimos la gracia transformadora de Dios. Significa que debemos cultivar una vida de oración, donde permitimos que Dios nos hable y nos moldee.

Y aquí quiero hacer una conexión con la Eucaristía que vamos a celebrar dentro de unos momentos. En la Eucaristía, recibimos a Cristo mismo, quien es la Sabiduría de Dios hecha carne. Él viene a nosotros no para condenarnos por nuestros fracasos, sino para fortalecernos, para sanarnos, para darnos la gracia que necesitamos para vivir esta justicia superior que nos pide el Evangelio.

Cuando recibimos la Comunión, no estamos simplemente cumpliendo un ritual. Estamos permitiendo que Cristo entre en lo más profundo de nuestro ser, que transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, que purifique nuestros deseos, que sane nuestras heridas, que nos dé la fuerza para perdonar, para amar, para ser puros, para ser veraces.

Hermanos y hermanas, el mensaje de hoy es claro: Dios nos ha dado libertad, pero nos llama a usarla sabiamente. Nos llama a elegir la vida, a elegir el bien, a elegir el amor. Y nos da todos los medios necesarios para hacerlo: su Palabra, sus mandamientos, su gracia, sus sacramentos, su Espíritu Santo.

Esta semana, los invito a hacer un examen de conciencia honesto. ¿Qué estoy eligiendo cada día? ¿Estoy permitiendo que crezca la ira en mi corazón contra alguien? ¿Estoy alimentando pensamientos impuros? ¿Estoy siendo veraz en mis palabras? ¿Estoy honrando mi compromiso matrimonial o mis votos? ¿Estoy buscando la sabiduría de Dios o confiando solo en mi propio entendimiento?

Y si descubrimos que hemos fallado—y todos fallamos—no nos desesperemos. Acudamos al sacramento de la Reconciliación. Pidamos perdón. Empecemos de nuevo. Porque Dios es rico en misericordia y su gracia es más poderosa que nuestro pecado.

Que el Señor nos dé la gracia de elegir bien, de vivir con integridad, de ir más allá del mero cumplimiento externo de la ley para alcanzar esa justicia superior que brota de un corazón transformado por el amor de Cristo. Que María, modelo perfecto de obediencia libre y amorosa a la voluntad de Dios, interceda por nosotros y nos ayude en este camino.

Amén.

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Fuentes consultadas

  • Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB) - Comentarios sobre Eclesiástico 15:15-20 y Mateo 5:17-37
  • San Juan Pablo II, Veritatis Splendor (Encíclica sobre el esplendor de la verdad)
  • San Agustín, De Gratia et Libero Arbitrio (Sobre la Gracia y el Libre Albedrío)
  • San Juan Crisóstomo, Homilías sobre Primera Corintios y Homilías sobre Segunda Corintios
  • Santo Tomás de Aquino, Comentario sobre Primera Corintios
  • Catecismo de la Iglesia Católica*, especialmente los números sobre la libertad humana (CCC 1730-1748)
  • Curtis Mitch y Edward Sri, The Gospel of Matthew (Catholic Commentary on Sacred Scripture)
  • George T. Montague, First Corinthians (Catholic Commentary on Sacred Scripture)

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