Homilía dominical católica

Homilía del Domingo XXIX del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Preparada para el 18 de octubre de 2026. El leccionario dominical se repite cada tres años (ciclos A, B y C): cada homilía vuelve a ser útil cuando regresa este domingo.

Lecturas del domingo

Primera lectura
Isaías 45, 1, 4-6
Segunda lectura
1 Tesalonicenses 1, 1-5b
Evangelio
Mateo 22, 15-21

La moneda que llevamos en el alma

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Imaginen por un momento esa escena en el templo de Jerusalén. Un grupo de fariseos y de partidarios de Herodes, enemigos entre sí, se ponen de acuerdo por una sola razón: atrapar a Jesús. Se le acercan con palabras dulces: "Maestro, sabemos que eres sincero". Y luego lanzan la trampa: "¿Es lícito pagar el impuesto al César o no?"

La pregunta parecía no tener salida. Si Jesús decía que sí, quedaría ante el pueblo como amigo de los romanos, de los opresores. Si decía que no, los herodianos lo acusarían de rebelión contra el emperador. Cualquier respuesta lo condenaba. Pero Jesús, que conoce el corazón, pide algo muy sencillo: "Enséñenme la moneda del impuesto".

Le traen un denario. Y Jesús pregunta: "¿De quién es esta imagen y esta inscripción?" Responden: "Del César". Entonces pronuncia una de las frases más conocidas del Evangelio: "Den, pues, al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios".

Queridos amigos, muchas veces hemos escuchado esta frase como si Jesús estuviera dividiendo la vida en dos mitades iguales: una parte para el gobierno, otra parte para Dios. Pero eso sería quedarnos en la superficie. Jesús no pone al César y a Dios en el mismo nivel. La clave está en la pregunta que hizo: "¿De quién es esta imagen?"

En aquella moneda estaba grabado el rostro del emperador Tiberio, con una inscripción que lo llamaba hijo del divino Augusto. Es decir, aquella moneda pretendía que el César era casi un dios. Y Jesús, con una sola frase, pone las cosas en su lugar. La moneda lleva la imagen del César; devuélvansela. Pero ustedes, ¿qué imagen llevan?

Desde la primera página de la Biblia sabemos la respuesta. "Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó". San Agustín lo entendió muy bien cuando enseñaba que así como el César busca su imagen en la moneda, Dios busca su imagen en nosotros. El César reclama su moneda; Dios reclama al hombre que Él mismo ha sellado con su rostro.

Hermanos, aquí está el corazón del Evangelio de hoy. A Dios no le damos solamente una parte, un rato el domingo, una limosna, una oración rápida antes de dormir. A Dios le pertenecemos enteros, porque llevamos su imagen grabada en el alma. El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que la dignidad de la persona humana está enraizada precisamente en su creación a imagen y semejanza de Dios.

Esto no quiere decir que Jesús desprecie las responsabilidades de la vida pública. Al contrario. El Catecismo enseña que es un deber moral pagar los impuestos justos, ejercer el derecho al voto y contribuir al bien común de la sociedad. El cristiano no se desentiende de su país ni de su ciudad. Es un buen ciudadano, honrado y responsable.

Pero hay un límite. El César no es Dios. Ningún gobierno, ningún partido, ninguna ideología puede adueñarse de nuestra conciencia. Y esto vale también para los "césares" más pequeños de nuestra vida diaria: el dinero, el trabajo, la opinión de los demás, las pantallas que nos reclaman tantas horas. Todos piden algo de nosotros. Y está bien darles lo que les corresponde, pero solo lo que les corresponde.

La primera lectura nos ofrece un ejemplo sorprendente de esto. El profeta Isaías habla de Ciro, rey de Persia, un hombre pagano que ni siquiera conocía al Dios de Israel. Y sin embargo Dios lo llama "su ungido" y lo usa para liberar a su pueblo del exilio en Babilonia. Dios le dice: "Te he llamado por tu nombre, aunque no me conocías".

¿Qué nos enseña esto? Que los poderosos de la tierra, por grandes que parezcan, están en las manos de Dios. Ciro fue un gran emperador, pero el verdadero Señor de la historia es otro. Por eso Isaías termina con estas palabras: "Yo soy el Señor, y no hay otro; fuera de mí no hay Dios". Ningún César, antiguo o moderno, puede ocupar ese lugar.

Queridos hermanos, ¿cómo se vive esto en lo concreto? San Pablo nos da la respuesta en la segunda lectura. Escribiendo a los cristianos de Tesalónica, una pequeña comunidad en medio de una ciudad pagana, les dice que da gracias a Dios recordando "la actividad de su fe, el esfuerzo de su amor y la constancia de su esperanza en Jesucristo".

Fíjense que Pablo no habla de una fe que se queda en las ideas. Habla de una fe que actúa, de un amor que se esfuerza, de una esperanza que resiste. Esos cristianos vivían en el mundo del César, pagaban sus impuestos, trabajaban, criaban a sus hijos. Pero toda su vida estaba marcada por el Evangelio, que llegó a ellos, dice Pablo, "no solo con palabras, sino también con poder y con el Espíritu Santo".

Así se devuelve a Dios lo que es de Dios. No escapando del mundo, sino viviendo en él como quienes saben a quién pertenecen. La madre que cuida a sus hijos con paciencia, el trabajador que no acepta el soborno, el joven que se niega a humillar a otro para quedar bien con su grupo, el anciano que ofrece sus dolores en oración: todos ellos están devolviendo a Dios su imagen, limpia y brillante.

Pero seamos honestos, amigos míos. Muchas veces esa imagen en nosotros está desgastada, como una moneda vieja que ha pasado por demasiadas manos. El pecado la empaña. El cansancio, el rencor, la indiferencia la cubren de polvo. A veces nos cuesta reconocer en nosotros el rostro de Dios.

Y aquí está la buena noticia. Dios no se cansa de buscar su imagen en nosotros. Jesucristo, que es la imagen perfecta del Dios invisible, vino precisamente a restaurarla. En la cruz dio todo, absolutamente todo, al Padre y a nosotros. No se guardó nada. Y en el sacramento de la Reconciliación sigue limpiando, con infinita misericordia, esa imagen que el pecado ha oscurecido.

El Papa Benedicto XVI, comentando este Evangelio, recordaba que el hombre lleva grabada la imagen de Dios y que por eso pertenece a Él. Esta no es una pertenencia que nos esclaviza, sino que nos hace verdaderamente libres. Quien sabe que es de Dios ya no tiene que venderse a nadie.

Dentro de unos momentos, en el ofertorio, traeremos al altar el pan y el vino. Y con ellos, queridos hermanos, podemos traernos a nosotros mismos. Ese es el momento de decirle al Señor: "Esto soy, todo lo que soy es tuyo". Y Él, en la Eucaristía, nos responderá dándose entero, Cuerpo, Sangre, alma y divinidad. Al comulgar, la imagen de Cristo se va grabando más profundamente en nuestra alma.

Les propongo un pequeño paso para esta semana. Cada mañana, al despertar, antes de mirar el teléfono, hagan la señal de la cruz y digan en silencio: "Señor, hoy soy tuyo". Y por la noche, pregúntense: ¿a quién le di mi tiempo, mi corazón, mis fuerzas hoy? ¿Le di al César más de lo que le corresponde? ¿Le devolví a Dios lo que es suyo?

Hermanos, el César se conforma con una moneda. Dios quiere el corazón entero, porque lo ama entero. Que esta Eucaristía renueve en nosotros su imagen, para que el mundo, al mirarnos, pueda reconocer el rostro de Aquel a quien pertenecemos. Amén.

Fuentes consultadas

  • San Agustín, Sermones y Comentarios a los Salmos (sobre la imagen de Dios y la moneda del César)
  • Tertuliano, De idolatría, cap. 15
  • Catecismo de la Iglesia Católica*, nn. 1700-1702 y 2238-2242
  • Papa Benedicto XVI, Ángelus del 16 de octubre de 2011
  • Papa Francisco, Ángelus del 22 de octubre de 2017
  • Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, nn. 12 y 76
  • Comentario Bíblico San Jerónimo* (Mateo, Isaías, 1 Tesalonicenses)
  • Curtis Mitch y Edward Sri, The Gospel of Matthew (Catholic Commentary on Sacred Scripture)

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