Homilía dominical católica

Homilía del Domingo XXVII del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Preparada para el 4 de octubre de 2026. El leccionario dominical se repite cada tres años (ciclos A, B y C): cada homilía vuelve a ser útil cuando regresa este domingo.

Lecturas del domingo

Primera lectura
Isaías 5, 1-7
Segunda lectura
Filipenses 4, 6-9
Evangelio
Mateo 21, 33-43

La viña no es nuestra: el fruto que Dios espera

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Imaginemos por un momento a un hombre que compra un terreno en una ladera fértil. Con sus propias manos quita las piedras, planta las mejores cepas, levanta una cerca, construye una torre para vigilar y excava un lagar para el vino. Pasa los años esperando. Llega por fin la cosecha, se acerca con ilusión, toma un racimo… y encuentra uvas agrias.

Esa es la canción que escuchamos hoy en el profeta Isaías. Es una canción de amor que se convierte en lamento. Dios mismo pregunta: "¿Qué más podía hacer por mi viña que no lo haya hecho?". No es la queja de un propietario enojado por una mala inversión. Es el dolor de un amante que lo ha dado todo y no ha sido correspondido.

Isaías explica la imagen: la viña es Israel, el pueblo que Dios eligió y cuidó. Y el fruto que esperaba tiene nombre: esperaba justicia, y encontró derramamiento de sangre; esperaba rectitud, y escuchó el grito de los oprimidos. Dios no pedía ritos vacíos ni grandes gestos. Pedía un pueblo donde el débil fuera protegido y el prójimo respetado.

En el Evangelio, Jesús retoma esta misma canción, pero ahora le añade personajes. El dueño arrienda la viña a unos labradores y se marcha. Cuando llega el tiempo de la cosecha, envía a sus criados para recibir los frutos. Los labradores los golpean, los apedrean, los matan. Finalmente, el dueño envía a su propio hijo, pensando: "A mi hijo lo respetarán".

Queridos amigos, detengámonos aquí. ¿Qué dueño de una viña haría algo así? Humanamente parece una locura enviar al hijo después de que han matado a los criados. Pero así es el amor de Dios: un amor que no se cansa, que insiste, que se arriesga hasta el extremo. Esta parábola es, en el fondo, el relato de toda la historia de la salvación, de los profetas enviados uno tras otro y, al final, del Hijo amado.

Y los labradores dicen: "Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia". Ahí está la raíz de todo. Los labradores olvidaron que la viña no era suya. Recibieron un regalo y quisieron convertirlo en propiedad. Querían los frutos, pero sin el dueño. Querían la herencia, pero sin el Padre.

El Papa Francisco, comentando este Evangelio, recordaba que la viña es del Señor, no nuestra, y que nosotros somos sus trabajadores, llamados a producir fruto para Él. Y el Papa Benedicto XVI señalaba que la tentación de aquellos labradores es también la nuestra: la tentación de querer ser dueños absolutos de nuestra vida y de la creación, prescindiendo de Dios, para descubrir al final que, sin Él, la viña se convierte en un terreno baldío.

Hermanos, esta parábola no es solo una historia sobre los jefes de Jerusalén de hace dos mil años. Es un espejo. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que la Iglesia es la viña escogida, plantada por el viñador celestial, y que la verdadera vid es Cristo, que da vida y fecundidad a los sarmientos. Hoy la viña somos nosotros: esta parroquia, nuestras familias, cada corazón bautizado.

Pensemos en todo lo que Dios ha hecho por nuestra viña. Nos dio la vida, la fe recibida en el bautismo, el perdón en la confesión, su Palabra que escuchamos cada domingo, el alimento de su Cuerpo y su Sangre. Nos dio personas que nos aman, talentos, tiempo, oportunidades. De verdad podemos oír la pregunta de Isaías dirigida a nosotros: "¿Qué más podía hacer por ti que no lo haya hecho?".

Y entonces llega la pregunta que incomoda: ¿qué fruto estamos dando? ¿Nos comportamos como administradores agradecidos o como dueños que se olvidan del dueño? Cada vez que decimos "mi tiempo es mío", "mi dinero es mío", "mi vida es mía y nadie tiene que decirme nada", estamos repitiendo, quizá sin darnos cuenta, las palabras de aquellos labradores.

Pero no quiero que salgamos de aquí solo con un sentimiento de culpa. Dios no nos cuenta esta parábola para aplastarnos, sino para despertarnos. Y aquí la segunda lectura, la carta de san Pablo a los Filipenses, nos ofrece una clave preciosa. Nos muestra cómo se cultiva un corazón que da buen fruto.

San Pablo dice: "No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias". Fijémonos en esa palabra: gracias. El labrador agradecido nunca olvida quién es el dueño. La gratitud es el antídoto contra la tentación de apropiarnos de lo que es don. Quien da gracias reconoce que todo lo ha recibido.

Y Pablo añade una promesa: "la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, custodiará sus corazones". Qué hermoso: la misma palabra de la cerca que protegía la viña. Es la paz de Dios la que custodia el corazón, lo protege de las zorras que devoran la cosecha: la ansiedad, el resentimiento, la codicia.

Después Pablo nos dice en qué pensar: "todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, digno de alabanza". Lo que sembramos en la mente termina brotando en la vida. Si alimentamos el corazón con quejas, envidias y desprecio, las uvas saldrán agrias. Si lo alimentamos con lo bueno y lo verdadero, el fruto será la justicia y la caridad que Dios espera.

Hay además una palabra de esperanza al final del Evangelio. Jesús cita el salmo: "La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor, y es un milagro patente". Los labradores mataron al Hijo, pero la muerte no tuvo la última palabra. El Hijo rechazado resucitó y se convirtió en el fundamento de un pueblo nuevo.

San Ireneo enseñaba que Dios plantó la viña del género humano y nunca dejó de cuidarla, enviando a sus siervos y finalmente a su Hijo. Ese es el corazón del misterio pascual: lo que parecía el fracaso de Dios se convierte en su victoria. Y también en nuestra vida, aquello que parece estéril puede volver a dar fruto si se lo entregamos a Cristo, la piedra angular.

Queridos hermanos, en unos momentos nos acercaremos al altar. Sobre él pondremos el pan y el vino, "fruto de la vid y del trabajo del hombre". Es la uva de la viña, transformada por el Espíritu en la Sangre del Hijo amado. El mismo Hijo que fue rechazado fuera de la viña se nos entrega ahora como alimento, para que tengamos vida y demos fruto.

Por eso quiero proponerles un paso concreto para esta semana. Cada noche, antes de dormir, tómense dos minutos. Primero, den gracias a Dios por tres cosas concretas del día, reconociendo que son regalo suyo. Segundo, pregúntense: ¿qué fruto le ofrecí hoy al Señor? ¿Un gesto de justicia, una palabra amable, un perdón, un rato de ayuda a alguien necesitado?

Y si descubren uvas agrias, no se desanimen. Preséntenselas a Dios con confianza, como dice san Pablo, y déjense custodiar por su paz. La viña del Señor no se renueva por nuestro esfuerzo solitario, sino por la gracia de quien la plantó con tanto amor.

Que al recibir hoy a Cristo en la Eucaristía, podamos decirle con sinceridad: "Señor, la viña es tuya. Mi vida es tuya. Que dé el fruto que Tú esperas". Amén.

Fuentes consultadas

  • Catecismo de la Iglesia Católica, n. 755 (la Iglesia como viña de Dios) y nn. 2637-2638 (la oración de acción de gracias).
  • San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, Libro IV, 36.
  • Papa Benedicto XVI, Homilía en la apertura de la XI Asamblea del Sínodo de los Obispos, 2 de octubre de 2005.
  • Papa Francisco, Ángelus del 8 de octubre de 2017.
  • San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 68.
  • Comentario Bíblico San Jerónimo* (Brown, Fitzmyer, Murphy), sobre Isaías 5 y Mateo 21.
  • Catena Aurea* de Santo Tomás de Aquino, sobre Mateo 21,33-43.
  • Biblia de Navarra, comentarios a Isaías 5,1-7 y Filipenses 4,6-9.

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