Lecturas del domingo
El amor que se atreve a hablar
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Todos conocemos ese momento incómodo. Alguien que amamos está tomando un camino que le hace daño. Lo vemos claramente. Y sin embargo callamos. Nos decimos: "No es asunto mío", "No quiero problemas", "Ya se dará cuenta solo".
Pero, ¿saben qué? Ese silencio rara vez nace de la humildad. Casi siempre nace del miedo. Y hoy la Palabra de Dios nos invita, con mucha ternura y mucha claridad, a un amor que se atreve a hablar.
Escuchemos de nuevo lo que Dios le dice al profeta Ezequiel: "A ti, hijo de hombre, te he puesto como centinela para la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, los amonestarás de mi parte" (Ez 33,7).
El centinela era el hombre que se quedaba de pie sobre la muralla mientras la ciudad dormía. Su única tarea era mirar el horizonte y avisar cuando venía el peligro. No tenía que ganar la batalla. Solo tenía que hacer sonar la trompeta.
Y Dios le dice algo estremecedor: si tú no avisas, el malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré cuentas de su sangre. Hermanos, esto significa que Dios nos ha hecho responsables unos de otros. Nadie se salva solo. Nadie se pierde solo tampoco.
Aquí es importante entender bien qué clase de responsabilidad es esta. Porque hay una manera falsa de "corregir" que en realidad no es amor, sino orgullo disfrazado. Es la corrección que humilla, que expone, que busca tener razón más que sanar.
San Agustín lo dijo con una frase que debería quedarse grabada en nuestro corazón: "Si te callas, eres peor que él. Él hiere con la espada y mata a uno; tú, callando, matas a muchos". Pero el mismo Agustín advertía que si corriges buscando tu propia satisfacción, no eres médico, eres verdugo.
Por eso el Señor, en el Evangelio de hoy, nos enseña un método. Y fíjense qué delicado es. "Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo a solas entre los dos" (Mt 18,15).
A solas. Sin público. Sin testigos. Sin humillación. Jesús no dice: publícalo, coméntalo con los demás, hazlo quedar mal. Dice: ve tú, en privado, cara a cara.
¡Cuánto nos cuesta esto, hermanos! Nos resulta más fácil hablar de la persona que hablar con la persona. Hoy hasta tenemos herramientas nuevas para eso: un mensaje, una publicación, un comentario. Es más cómodo criticar desde lejos que amar de cerca.
Y observen el objetivo que Jesús pone: "Si te escucha, has ganado a tu hermano". No dice "has ganado la discusión". Dice "has ganado a tu hermano". El fin de la corrección cristiana nunca es la derrota del otro, sino su recuperación.
Solo si no escucha, se van sumando uno o dos más. Y solo al final se acude a la comunidad, a la Iglesia. Es una escalera de paciencia. Cada peldaño es una nueva oportunidad para que la persona vuelva.
Y aun cuando Jesús dice "trátalo como a un gentil o a un publicano", recordemos algo importante: ¿cómo trataba Jesús a los gentiles y a los publicanos? Comía con ellos. Los buscaba. A un publicano llamado Mateo lo hizo apóstol. Ni siquiera ahí se cierra la puerta.
Todo este pasaje viene inmediatamente después de la parábola de la oveja perdida, donde el pastor deja las noventa y nueve para ir a buscar a la que se extravió. Ese es el contexto. La corrección fraterna no es un tribunal: es una búsqueda.
Y aquí llega san Pablo a darnos la clave que lo ordena todo: "A nadie le debáis nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo ha cumplido la ley" (Rm 13,8).
Qué frase tan hermosa. Tenemos una sola deuda permanente, una que nunca terminamos de pagar: la deuda del amor. Pagamos la luz, el agua, la renta. Esas deudas se saldan. Pero la deuda del amor queda siempre abierta, siempre pendiente.
Pablo dice que el amor "no hace mal al prójimo". Y aquí está el criterio para saber si mi corrección es cristiana o no. Pregúntate antes de hablar: ¿esto va a hacerle bien a él, o solo me va a hacer sentir bien a mí?
Santo Tomás de Aquino enseñaba que la corrección fraterna es un acto de caridad, un remedio espiritual para el bien del hermano. Un médico no receta una medicina para castigar al enfermo, sino para sanarlo. Si nuestras palabras no buscan sanar, no son corrección fraterna: son otra cosa.
Hermanos, quiero ser muy concreto, porque la Palabra de Dios no es una teoría bonita.
Piensen en su matrimonio. Hay cosas que llevan años sin decirse, guardadas, acumuladas, y que un día explotan. ¿Y si esta semana, con calma y con cariño, tuvieran esa conversación pendiente?
Piensen en sus hijos. Corregir a un hijo cansa, cuesta, provoca portazos. Pero un padre que nunca corrige no está amando: está renunciando. El silencio cómodo de hoy puede ser la herida de mañana.
Piensen en un amigo que está bebiendo demasiado, en un familiar que está destruyendo su vida, en alguien de esta comunidad que se ha alejado de la fe y nadie lo ha llamado. Tal vez Dios te está diciendo hoy: "Te he puesto como centinela".
Pero también, hermanos, hay otra cara de esta moneda. La corrección fraterna nos pide no solo saber hablar, sino saber escuchar. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te corrigió y tú le agradeciste en lugar de defenderte?
El Papa Francisco nos ha advertido muchas veces del pecado de la murmuración, del chisme que destruye comunidades. Y nos ha recordado que corregir al hermano es un servicio, y solo es posible si lo hacemos con humildad, sabiendo que nosotros también necesitamos ser corregidos.
Y entonces Jesús cierra con una promesa asombrosa: "Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20).
No estamos solos en esta tarea. Cuando dos personas se sientan a hablar con verdad y con amor, Cristo está sentado allí, en medio. Cuando una comunidad reza por el que se ha extraviado, Cristo está presente. Esa es nuestra fuerza.
Y esto, queridos amigos, nos lleva directamente al altar. Dentro de unos momentos vamos a recibir el Cuerpo de Cristo. Y en la Comunión nos hacemos, todos, un solo cuerpo.
Por eso el pecado de mi hermano me duele: porque somos un mismo cuerpo. Cuando una parte del cuerpo está enferma, el cuerpo entero lo siente. La Eucaristía nos hace responsables unos de otros.
Y antes de comulgar rezaremos juntos el Padrenuestro: "perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos". Y nos daremos la paz. No como un gesto de cortesía, sino como un compromiso real de reconciliación.
Les propongo algo muy sencillo para esta semana. Piensen en una persona. Una sola. Alguien con quien tienen una conversación pendiente, o alguien que necesita ser buscado.
Y antes de hablarle, recen por esa persona tres días seguidos. Porque el que reza primero, corrige después con el corazón de Dios y no con el suyo propio. Y luego, vayan. A solas. Con ternura. Con verdad.
Que la Eucaristía que vamos a recibir nos dé la valentía de amar así: un amor que no calla por miedo, ni grita por orgullo, sino que habla porque quiere ganar al hermano.
Amén.
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Fuentes consultadas
- San Agustín, Sermón 82 (sobre Mateo 18) y Comentario sobre el Salmo 128
- Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 33 (Sobre la corrección fraterna)
- San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 60
- Catecismo de la Iglesia Católica*, nn. 1829, 1878-1885, 2447, 2477-2479
- Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (nn. 135-159, sobre la homilía) y Ángelus del XXIII Domingo del Tiempo Ordinario (7 de septiembre de 2014)
- Papa Benedicto XVI, Mensaje para la Cuaresma 2012 ("Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad")
- Navarre Bible Commentary: Saint Matthew* (Universidad de Navarra)
- Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, nn. 9-13 (sobre el Pueblo de Dios y la corresponsabilidad)
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