Lecturas del domingo
La Paciencia de Dios: Fuerza que Salva
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Todos hemos experimentado alguna vez la impaciencia. La impaciencia en el tráfico, la impaciencia con nuestros hijos, la impaciencia ante situaciones que no cambian tan rápido como quisiéramos. Y quizás, seamos honestos, hemos sentido también impaciencia con Dios. ¿Por qué permite el mal en el mundo? ¿Por qué no arranca de raíz la injusticia, la violencia, la corrupción? ¿Por qué el trigo y la cizaña crecen juntos?
Hoy la Palabra de Dios nos invita a contemplar algo profundamente hermoso y consolador: la paciencia de Dios. Una paciencia que no es debilidad, sino que brota precisamente de su omnipotencia. Este es el corazón de lo que la liturgia quiere depositar en nosotros esta mañana.
Escuchemos de nuevo la primera lectura del libro de la Sabiduría. Nos dice algo que puede sorprendernos: "Tu fuerza es el principio de tu justicia, y tu señorío sobre todos te hace indulgente con todos." ¡Qué palabras tan extraordinarias! Nosotros solemos pensar que el poderoso muestra su fuerza siendo severo, aplastando a sus enemigos, imponiendo su voluntad. Pero la Sabiduría nos revela lo contrario acerca de Dios: precisamente porque Dios es todopoderoso, puede permitirse ser misericordioso.
El que no tiene poder necesita apresurarse, necesita defenderse, necesita golpear primero por miedo. Pero Dios, que lo tiene todo en sus manos, puede esperar. Puede ser paciente. Como dice el mismo texto: "Tú, dueño de la fuerza, juzgas con moderación, y nos gobiernas con gran indulgencia."
Y noten hermanos, que esta paciencia divina tiene un propósito. No es indiferencia. El pasaje termina diciendo: "Con tu proceder enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano." La paciencia de Dios es una escuela para nosotros. Al ver cómo Dios nos trata con misericordia, aprendemos a tratar a los demás de la misma manera. "Y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, después del pecado, les concedes el arrepentimiento."
Ahí está la clave, queridos amigos. La paciencia de Dios nos da tiempo. Tiempo para convertirnos, tiempo para crecer, tiempo para cambiar. Dios no nos arranca en el momento de nuestra fragilidad porque nos ama y espera nuestra respuesta.
Esta verdad ilumina de manera maravillosa el Evangelio que acabamos de escuchar. Jesús nos cuenta la parábola del trigo y la cizaña. Un hombre siembra buena semilla en su campo, pero durante la noche viene un enemigo y siembra cizaña. Cuando crece el trigo, aparece también la mala hierba. Los siervos, llenos de celo, quieren arrancar la cizaña inmediatamente. Pero el dueño responde: "No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la cosecha."
Hermanos y hermanas, ¿cuántas veces somos como esos siervos impacientes? Queremos un mundo perfecto ahora mismo. Queremos una Iglesia sin pecadores, una comunidad sin defectos, quizás incluso una familia sin conflictos. Y cuando encontramos la cizaña, queremos arrancarla de inmediato, juzgar, separar, condenar.
Pero el Señor nos enseña una lección de paciencia y de humildad. Primero, porque no siempre sabemos distinguir con certeza el trigo de la cizaña. El corazón humano es un misterio conocido solo por Dios. Aquel que hoy parece cizaña, mañana, por la gracia, puede convertirse en trigo abundante. San Agustín lo expresó bellamente cuando dijo que aquellos que hoy son cizaña, mañana pueden ser trigo. ¿Cuántos santos comenzaron como grandes pecadores? El mismo San Pablo perseguía a la Iglesia antes de convertirse en el gran apóstol.
Segundo, porque solo Dios es el juez legítimo. Nosotros no tenemos ni la sabiduría ni el derecho de dictar la sentencia final sobre el corazón de nadie. La cosecha, el juicio, pertenece a Dios y llegará a su tiempo. Nuestra tarea no es arrancar, sino crecer como buen trigo y ayudar a que otros también crezcan.
Pero cuidado, hermanos, la paciencia de Dios no significa que el bien y el mal sean lo mismo, ni que el pecado no tenga consecuencias. La parábola es clara: al final habrá una cosecha, habrá una separación, habrá un juicio. La cizaña será quemada y el trigo será recogido en el granero. Dios es paciente, pero también es justo. Su paciencia es una oportunidad, no una excusa para la indiferencia.
Y aquí, queridos amigos, entra la hermosa palabra de San Pablo en la segunda lectura. Porque quizás alguien piense: "Padre, todo esto es muy difícil. ¿Cómo puedo yo ser trigo bueno en medio de tanta cizaña? ¿Cómo puedo tener esa paciencia, esa fe, esa perseverancia?" San Pablo nos responde: "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables."
¡Qué consuelo tan grande! No estamos solos en esta lucha. Cuando no sabemos ni siquiera cómo orar, el Espíritu Santo ora dentro de nosotros. Cuando nuestra fe es débil, cuando nuestras palabras se acaban, el Espíritu intercede por nosotros. Dios no nos deja abandonados en el campo del mundo. Él mismo, con su Espíritu, cultiva en nosotros la buena semilla.
Como nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, la oración es el encuentro de la sed de Dios con nuestra sed. Es Dios quien tiene sed de nosotros primero, y nos busca con paciencia infinita.
Entonces, hermanos y hermanas, ¿qué nos pide hoy la Palabra de Dios? Permítanme sugerir tres pasos concretos.
Primero, seamos pacientes con los demás. Antes de juzgar y condenar al hermano o la hermana que nos parece cizaña, recordemos la paciencia que Dios tiene con nosotros. Como enseña la Sabiduría, aprendamos de Dios a ser humanos, a dar segundas oportunidades, a esperar la conversión del otro con esperanza.
Segundo, seamos pacientes con nosotros mismos. Todos tenemos trigo y cizaña en nuestro propio corazón. La vida espiritual es un crecimiento lento. No nos desanimemos por nuestras caídas. Dios nos da tiempo para arrepentirnos, para levantarnos y comenzar de nuevo.
Y tercero, confiemos en el Espíritu Santo. Cuando la oración se nos haga difícil, cuando no sepamos qué pedir, dejemos que el Espíritu ore en nosotros. Abramos nuestro corazón a esa presencia silenciosa que gime dentro de nosotros.
Queridos hermanos, en unos momentos nos acercaremos a este altar para celebrar la Eucaristía. Aquí, en este pan y este vino que se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, encontramos el alimento del buen trigo. Jesús mismo se hizo grano de trigo que cayó en tierra y murió para dar mucho fruto. En la Eucaristía recibimos la fuerza para crecer como trigo bueno en el campo del mundo, la paciencia para esperar con esperanza y el amor para tratar a los demás con la misma misericordia que Dios nos tiene.
Que al recibir este sacramento, pidamos al Señor la gracia de vivir con paciencia, con esperanza y con caridad, hasta el día de la cosecha, cuando, por su misericordia, brillemos como el sol en el Reino de nuestro Padre.
Amén.
Fuentes consultadas
- San Agustín, Comentarios sobre el Evangelio de San Mateo y Sermones sobre la parábola del trigo y la cizaña
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2559-2560 (sobre la oración) y nn. 827, 1863 (sobre el pecado y la conversión)
- San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 46
- Papa Benedicto XVI, Ángelus, XVI Domingo del Tiempo Ordinario
- Papa Francisco, Ángelus, sobre la parábola del trigo y la cizaña
- Biblia de Jerusalén y edición NABRE (New American Bible, Revised Edition) para las lecturas
- Santo Tomás de Aquino, Catena Aurea (comentario sobre Mateo 13)
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