Lecturas del domingo
No Tengan Miedo: La Voz que Vence al Temor
Queridos hermanos y hermanas en Cristo:
Hay una frase que resuena tres veces en el Evangelio de hoy como el toque de una campana que no podemos ignorar: "No tengan miedo." Jesús lo repite una y otra vez, porque conoce el corazón humano. Sabe que el miedo es uno de los enemigos más sutiles y persistentes de nuestra vida de fe.
El miedo nos paraliza. El miedo nos hace callar cuando deberíamos hablar. El miedo nos hace escondernos cuando deberíamos brillar. Y por eso, el Señor, que conoce nuestras debilidades, nos dice hoy con ternura y firmeza: "No teman."
Pero, mis amigos, debemos entender bien estas palabras. Jesús no nos promete una vida sin dificultades. Al contrario. En el mismo Evangelio nos advierte que sus discípulos serán perseguidos, calumniados y rechazados. El profeta Jeremías, en nuestra primera lectura, nos da un retrato vivo de lo que significa sufrir por ser fiel a Dios.
Escuchen las palabras de Jeremías: "Oigo el cuchicheo de la gente que me infunde terror por todas partes... Todos mis amigos espían mis pasos, esperan que tropiece" (Jeremías 20:10). Jeremías estaba rodeado de enemigos. Aquellos que antes eran sus amigos ahora deseaban su caída. Su fidelidad al mensaje de Dios le había traído soledad, burla y persecución.
¿Cuántos de nosotros, hermanos, hemos sentido algo parecido? Tal vez no la persecución violenta que sufrieron los profetas y los mártires, pero sí esa presión sutil del mundo que nos empuja a guardar silencio sobre nuestra fe. Esa burla disimulada cuando hacemos la señal de la cruz en público. Esa tentación de esconder nuestras convicciones para no ser señalados.
Y sin embargo, miren lo que hace Jeremías en medio de su angustia. No se rinde a la desesperación. En lugar de callar, proclama con confianza: "El Señor está conmigo, como un guerrero poderoso" (Jeremías 20:11). Y termina su lamento no con un grito de derrota, sino con un canto de alabanza: "Canten al Señor, alaben al Señor, porque él ha salvado la vida del pobre de las manos de los malvados" (Jeremías 20:13).
Aquí está la clave, queridos hermanos. La confianza en Dios no elimina el miedo de un solo golpe, pero lo transforma. El que se apoya en el Señor descubre que no está solo en la batalla. Dios camina con él como un guerrero valiente.
San Juan Crisóstomo, al comentar el Evangelio de hoy, enseñaba que Cristo no quita el peligro a sus discípulos, sino que les da algo mejor: la seguridad de que nada quedará oculto, que la verdad finalmente triunfará, y que el Padre cuida de cada uno de ellos. Por eso Jesús dice: "Nada hay encubierto que no llegue a descubrirse, ni nada secreto que no llegue a saberse" (Mateo 10:26).
¿Y qué razones nos da Jesús para no temer? Nos da tres, y vale la pena que las grabemos en nuestro corazón.
Primero, no debemos temer porque la verdad de Dios vencerá. Lo que ahora se susurra en la oscuridad, un día se proclamará a plena luz. El mundo puede burlarse de la fe, puede silenciarla por un tiempo, pero la verdad de Cristo no puede ser sepultada para siempre. El Evangelio siempre encuentra su camino.
Segundo, no debemos temer a quienes solo pueden dañar el cuerpo. Jesús nos dice: "No tengan miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma" (Mateo 10:28). Hermanos, esto pone las cosas en su justa perspectiva. El mundo nos amenaza con tantas cosas: la pérdida de reputación, el rechazo, incluso el sufrimiento físico. Pero ninguna de estas cosas puede tocar lo más profundo de nosotros, nuestra alma inmortal, si permanecemos fieles a Dios.
Y tercero, y este es el más hermoso, no debemos temer porque el Padre nos ama y nos conoce íntimamente. Escuchen estas palabras llenas de ternura: "¿No se venden dos pajarillos por una moneda? Sin embargo, ni uno de ellos cae a tierra sin que lo permita el Padre... Ustedes valen más que muchos pajarillos. Hasta los cabellos de la cabeza los tiene contados" (Mateo 10:29-31).
Mis queridos amigos, deténganse a saborear esta verdad. El Dios que sostiene el universo conoce el número exacto de los cabellos de su cabeza. No hay detalle de su vida que escape a su mirada amorosa. No hay lágrima que derramen que Él no vea. No hay dolor que sientan que Él no comparta. Si Dios cuida del más pequeño gorrión, ¿cuánto más cuidará de ustedes, hijos amados por quienes su Hijo entregó la vida?
Y aquí, hermanos, nuestra segunda lectura nos lleva al corazón del misterio. San Pablo nos recuerda que por un solo hombre, Adán, entró el pecado en el mundo, y con el pecado, la muerte. Pero luego añade esas palabras que cambian todo: "La gracia de Dios y el don que nos vino por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos en abundancia" (Romanos 5:15).
¿Ven la maravilla? Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. El miedo entró en el mundo con el pecado. Pero la gracia de Cristo es más fuerte que el pecado, más fuerte que la muerte, más fuerte que todos nuestros temores. Cristo no solo nos dice "no teman", sino que nos da el poder para vencer el miedo a través de su muerte y resurrección.
Por eso el Evangelio nos lanza un desafío. Jesús nos dice: "A todo aquel que me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré delante de mi Padre" (Mateo 10:32). No se trata solo de no tener miedo. Se trata de dar testimonio. De confesar nuestra fe con valentía, con palabras y con obras.
¿Cómo se ve esto en nuestra vida diaria? Se ve en el padre o la madre que enseña a sus hijos a rezar, aunque el mundo diga que la fe no importa. Se ve en el joven que defiende sus valores cristianos entre sus amigos. Se ve en cada persona que, en el trabajo, en la escuela o en la familia, vive con coherencia su fe sin avergonzarse de pertenecer a Cristo.
El Papa Francisco nos ha recordado con frecuencia que un cristiano no puede vivir su fe a escondidas, como si fuera algo de lo que avergonzarse. La fe es para ser compartida, para ser proclamada con alegría. El miedo nos encierra; la fe nos libera y nos envía.
Hermanos y hermanas, dentro de unos momentos nos acercaremos a este altar para celebrar la Eucaristía. Y aquí encontramos la fuente misma de nuestra valentía. En este sacramento, Cristo mismo se hace presente, se entrega a nosotros, se queda con nosotros. El mismo Jesús que dijo "no teman" viene a habitar en nuestro corazón.
¿Cómo podemos tener miedo cuando recibimos al Señor del cielo y de la tierra en nuestro propio ser? La Eucaristía es el alimento de los valientes, el pan de los mártires, la fuerza de los que dan testimonio. Cada vez que comulgamos, Cristo nos dice de nuevo: "No tengas miedo, yo estoy contigo."
Por eso, los invito esta semana a un paso concreto. Pidamos al Señor la gracia de vencer un miedo específico que nos impide vivir plenamente nuestra fe. Tal vez es el miedo a hablar de Dios con un ser querido. Tal vez es el miedo a perdonar, a reconciliarnos, a dar un paso de fe. Llévenlo al altar hoy. Entréguenlo a Cristo en la comunión.
Y recuerden las palabras de Jeremías: "El Señor está conmigo, como un guerrero poderoso." No estamos solos. El Padre cuenta cada uno de nuestros cabellos. Cristo ha vencido la muerte. Y el Espíritu nos da la fuerza para proclamar con nuestra vida que pertenecemos a Él.
No tengan miedo, hermanos. El amor de Dios es más grande que todos nuestros temores.
Que así sea. Amén.
Fuentes consultadas
- San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 34.
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 303-305 (la Providencia divina), nn. 1701-1709 (la dignidad de la persona humana).
- Papa Francisco, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (sobre el testimonio gozoso de la fe).
- San Agustín, Comentarios sobre los Salmos (sobre la confianza en medio de la persecución).
- The Navarre Bible: Commentary on the Gospel of St. Matthew*, University of Navarre.
- Benedicto XVI, Jesús de Nazaret (sobre la providencia y el cuidado del Padre).
- Brant Pitre, The Gospel of Matthew: A Catholic Commentary.
- Biblia: Nueva Biblia Española / NABRE para las referencias escriturísticas.
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